En los caminos del habla hispana, y con especial arraigo en los pueblos cálidos de Trujillo y Zulia, hay una palabra que no necesita explicación para doler: ardido. No es solo una expresión, es una herida que habla. Es el eco de un corazón que fue tocado por el fuego de la decepción y aún humea por dentro.
Ser ardido no es simplemente estar molesto. Es llevar en el pecho un incendio que no se apaga con el tiempo. Es ese orgullo herido que se disfraza de indiferencia, esa tristeza que se esconde tras una sonrisa sarcástica o un silencio que corta. Es el alma que, tras ser rechazada o traicionada, se protege con espinas para que nadie más la toque.
Quien arde no siempre lo admite. Dice que no le importa, que ya pasó, que está mejor así… pero sus palabras a veces suenan como cuchillas, y sus gestos revelan lo que su boca calla. Porque el ardor no se ve, pero se siente: en la mirada que esquiva, en la voz que tiembla, en el orgullo que se levanta como escudo.
Y aunque la palabra parezca sencilla, lleva consigo un universo de emociones. A veces se lanza como burla, otras se susurra con ternura, como quien reconoce en otro el mismo dolor. Pero siempre, siempre, deja claro que algo se rompió… y que aún duele más de lo que se quiere aceptar.
