Aguará Guazú - Latinask

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Aguará Guazú

Hace tiempo leí, no recuerdo en qué revista, que aquél que es capaz de ir solo a una heladería, puede llamarse goloso con razón. ¿Y qué puede decirse de aquél que va solo al zoológico?

Hace mucho ya que practico este interesante paseo, y por cierto que no siempre he ido solo. Pero innumerables veces, tanto los sábados y domingos como los restantes días de la semana, generalmente al mediodía, he caminado sin más compañía que mis pensamientos por los enmarañados senderos del viejo Jardín de Palermo.

Podría pensarse de mí que soy un naturalista o un biólogo, o que por lo menos me atrae un interés científico por esas veneradas bestias. Ciertamente, en mi rostro he cultivado una expresión semejante para esas ocasiones, para no despertar la curiosidad de mis casuales acompañantes (padres divorciados con sus hijos y matrimonios jóvenes con su prole a cuestas los fines de semana, jardines de infantes y estudiantes de Bellas Artes, y algunas veces rateros secundarios de lunes a viernes). Nada más alejado de mí. Concurro a este paseo con pueril alegría, recorro sus caminos reconociendo sus meandros, me solazo con las morisquetas de los monos, me admiro con las tornasoladas plumas de las aves tropicales, en fin, no me alejo demasiado de las emociones comunes que se despiertan diariamente en los visitantes.

Para los psicólogos, psiquiatras y otros profesionales de la mente que lean este relato, y que ya a esta altura estarán fantaseando con horrendas patologías terminadas en osis o en enia, les doy este dato tal vez revelador: Nunca, en las infinitas e incontables veces que me acerqué al zoológico, he dejado de extasiarme en la contemplación de aquellas bestias que llamamos predadores, con una extraña sensación, mezcla de compasión y miedo. Miedo al aspecto externo y fiero de estos animales, a la certeza casi absoluta de que, de no mediar esos barrotes, poco valdría mi vida. Y una comprensión, casi una simpatía por esas inteligencias que se me antojan habitantes seguros de esas testas.

Tal vez esto último esté animado por aquellas fábulas que me acostumbré a leer desde mi niñez, sobre leones añorantes y sabios tigres resignados. Pero lo cierto es que siempre, al pasar frente a esas jaulas, observo a estos animales largamente, busco sus miradas y los conduelo.

Una tarde de verano, quizá algo más fresca que las acostumbradas para esa época del año, pero apacible, ocurrió que en uno de los tantos bancos que se esconden en los recodos de ese viejo paseo, a la sombra de una añosa magnolia, como tantas veces, me dormí.

No es raro que esto me ocurriera; ya he descripto la infantil relación que entre este parque y yo se ha establecido, y lo acogedor que resulta para mí. Lo inédito del caso fue que, al despertar, me encontrara con la inesperada visión del Jardín Zoológico sumido en la mortecina luz de la luna.

Aunque sorprendido, acepté de buen grado que había dormido más de lo debido, que los trabajadores no habían reparado en mí, y que habían cerrado sus puertas, dejándome momentáneamente encerrado.

Mi primera intención, entre risueño y confundido, fue buscar al sereno o su equivalente para que me abriera las puertas. Pero una estridente luna llena iluminaba casi a giorno el paseo, de un modo nunca visto, dando nuevas e inesperadas formas a los conocidos macizos, reflejando plateadas senoides en los lagos... No tenía sueño, pues había dormido bastante, la hora era avanzada, y no encontré reparo alguno en aprovechar esta oportunidad única recorriendo el predio familiar hasta que tal vez a las seis o siete de la mañana, tras la salida del sol, llegaran los obreros.

Recorrí las jaulas, muchas de las cuales estaban vacías. En el fondo de algunas se adivinaban sombras acurrucadas en su sueño. El principal encanto consistía en la visión nocturna de los lagos, sus aguas apenas rozadas por una suave brisa imperceptible.

Encaminé mis pasos, casi sin notarlo, hacia el sitio en donde se encontraban mis amigos dilectos, las fieras. Sus jaulas estaban vacías. Sólo se sentía una inexplicable atmósfera que parecía partir de dentro mismo de aquéllas, y, atravesando los barrotes, envolvía el entorno en su fatalidad.

Las recorrí una tras otra. Y sin saber por qué, me detuve en ellas, como si tuviera algo para ver. La noche aportaba su cuota de fantasía, y unos tam-tam parecían oírse, mientras la brisa traía el aroma del Africa natal hasta el exilio involuntario.

De pronto, una voz lejana pero real me sacó de mis ensoñaciones.

– ¡Señor! ¡Eh, señor, venga!

Me acerqué corriendo al sitio de donde provenía la voz. Desde el interior de una jaula, un hombrecillo pequeño, vestido de overol y gorra azules, sumamente ridículo abrazado a los barrotes, me llamaba.

– ¡Qué suerte! Ayúdeme, por favor. Me dejaron encerrado.

Salté el cerco, y llegué hasta la reja. El hombrecito hablaba de cosas que apenas entendí, que estaba limpiando el interior de la jaula, de su demora, de un accidente, de su encierro. Yo lo observaba, aferrando con ambas manos los barrotes.

Observé su rostro delgado, su enorme nariz, sus pómulos salientes. Sus manos, excesivamente delgadas y nervudas, algo sucias, medio ocultas por los puños de su camisa. Una barba crecida de no haberse afeitado, bastante rala, sembraba su mandíbula larga y puntiaguda. Miré fijamente sus pequeños ojos rasgados, que me miraban como por encima de unos anteojos inexistentes, con unas enormes pupilas negras que apenas dejaban espacio para que unas delgadas líneas blancas de la córnea se incluyeran entre ellas y los párpados inferiores. Dientes separados asomaban de su boca jadeante. Un sedoso mechón de pelo rojizo, suave como pelo de bebé, se despeinaba sobre su frente, por debajo de la visera de la gorra.

Volteé lentamente hacia el cartel indicador. Decía en grandes caracteres: LOBO ROJO.

Solté los barrotes, y exhalando un grito ahogado, con las manos abiertas y extendidos los brazos, trastablillé unos pasos alejándome de la celda.

Miré el cielo. Una luna inmensa, en su casa mayor, lo inundaba. Y pensé: si según la tradición algunos hombres, en noches de luna llena, se convierten en lobos, ¿no podría ocurrir lo contrario?

Corrí, tropezándome con todo, hacia la puera de Plaza Italia. Detrás de mí, el lobo aullaba

– ¡Señor, venga, no se asuste! ¡Qué boludo! ¡Vení, tarado, que no te voy a comer!

En la portería, encontré un anciano que dormía. Se enojó bastante, creo que porque lo desperté, y al principio se negó a dejarme salir.

Le pedí, le rogué, y el viejo mascullaba tonterías acerca de la seguridad y de avisar a la policía.

Me di cuenta que me encontraba en la misma situación que ese viejo lobo, rogando por mi libertad. Al fin el anciano se dignó, riendo entre dientes, a dejarme ir.

Me escurrí por ese otro zoológico que es Buenos Aires, y me encerré voluntariamente en mi jaula. Esa noche no pude dormir.


.................................


Cuando volví, al tiempo, al Jardín Zoológico de Palermo, deliberadamente tardé en llegar hasta la jaula del Lobo Rojo.

Al fin, estuve frente a ella. El mismo cartel, atado con alambre al enrejado, los mismos barrotes que yo hube asido.

El lobo no me descubrió enseguida. Se entretenía con un hueso roído que alguien había tirado en su celda. De pronto, me vio.

Se quedó inmóvil, enarcando el lomo, mostrando los dientes, clavando en mí sus fieros ojos que yo conocía. Ladró un poco y después aulló, un aullido largo y lastimero.

Yo estaba con una sobrina, y no quise que se asustara. La llevé, entonces, a la jaula de los monos.

Rafael

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