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El serrallo

Era muy de mañana ese día –ya mi Señor había cantado–, cuando el Señor de mi Señor entró en el serrallo a raptar a algunas de nosotras. Mis compañeras, y yo también, corrimos despavoridas, pero de todos modos el Señor de mi Señor, implacable, fue apresando, una a una, a algunas de nosotras, y no sabíamos si seríamos vendidas o nos iría a matar. Yo huí por el palacio, tropezando con todo, hasta que el Señor de mi Señor me tomó por un pie y me arrojó al interior de un profundo pozo, a mí, a Corozú, a la favorita de mi Señor que me amaba, y en ese momento supe que jamás lo volvería a ver.

Así fuimos encerradas, asfixiándonos, humilladas, amontonadas unas sobre otras, pisoteándonos las unas a las otras, ensuciándonos con nuestras propias heces, hasta que el cansancio nos venció. Finalmente, despertamos en el suelo de éste el que, sin que yo lo supiera todavía, sería mi nuevo y definitivo hogar.

Salimos tambaleándonos, mareadas, y enseguida mi nuevo Señor quiso gozar de nosotras, y así lo hizo, forzándonos, y lastimando nuestras espaldas con sus uñas. Después nos dejó, pero sólo para que vinieran las antiguas del harén a insultarnos y a zaherirnos, y a dejar claro, con sus gritos y sus injurias y también con sus golpes, quién mandaba allí.

Huimos del palacio a los jardines. Y allí pudimos, doblegada nuestra voluntad, escondidas entre los parterres de flores, beber agua de la fuente y lavarnos con cenizas y con tierra.

En un momento determinado, al promediar la tarde, el Señor de mi nuevo Señor arrojó sobre el piso las sobras de su mesa y verduras y granos, y supe que esa sería nuestra única colación. Cumpliendo la tradición ancestral, mi nuevo Señor se sirvió primero, y luego su favorita, y después las demás. Nosotras mirábamos desde lejos, sin atrevernos a acercarnos, y luego comprobamos que, al llegar nuestro turno, nada había quedado. Sobrevivimos comiendo insectos y hierbas del jardín.

Cuando llegó la noche, al retirarnos a los aposentos, yo sabía que las alcobas más altas serían ocupadas por mi nuevo Señor y su favorita, y por debajo de éstos dormirían las antiguas del harén, y a nosotras nos tocaría dormir en el suelo o cerca de él. Y así fue, y nos sometimos a esta nueva indignidad.

A la mañana siguiente, al rayar el alba, mi nuevo Señor entonó una melodiosa canción, tan dulce como nunca había escuchado antes, y todas nos despertamos para vivir el día. Muy pronto dejamos en el lecho a nuestros hijos por nacer, y salimos a los jardines.

Cuando el Señor de mi nuevo Señor acudió al palacio a retirar a nuestros hijos por nacer, me sorprendió que nuestras compañeras más antiguas protestaran al Señor de mi nuevo Señor, porque una de ellas, una anciana con la cabeza del color de la ceniza, estaba afiebrada y deseaba conservarlos. En mi antiguo serrallo, cuando una de nosotras se afiebraba, el Señor de mi Señor nos empapaba con el agua de la fuente, y la fiebre desaparecía. Pero el Señor de mi nuevo Señor dejó a la anciana con fiebre, sin atenderla.

Durante la mañana mi nuevo Señor gozó, una a una, de todas nosotras. Pero de mí, de Corozú, gozó muchas veces, y la favorita de mi nuevo Señor me seguía para insultarme y lastimarme. Una y muchas veces tuve que alejarla de mi, huyendo o enfrentándome a ella, hasta que mi nuevo Señor acudió a detener nuestra lucha, y trató con violencia a su favorita, y la puso en fuga.

A la hora de comer, pude acercarme y probar la pitanza, aunque igualmente debí comer insectos para poder vivir el día. Pero las antiguas del harén, y la favorita de mi nuevo Señor, me toleraron y no me molestaron más.

Esa noche, al retirarnos a los aposentos, mi nuevo Señor me hizo subir a mí, a Corozú, a los altos aposentos, y la favorita debió dormir en un aposento inferior, y yo yací con él esa noche y las demás. Y desde entonces fui yo, Corozú, la favorita de mi nuevo Señor.

A la mañana siguiente, después que mi nuevo Señor nos despertara cantando, y después que dejáramos en el lecho a nuestros hijos por nacer, la anciana de la cabeza del color de la ceniza, definitivamente presa de la fiebre, se echó sobre ellos para hacerlos nacer.

Cuando se presentó el Señor de mi Señor, yo esperaba que arrancara a la anciana del lecho, y la golpeara y la matara y se llevara a los hijos por nacer, pero en cambio la cubrió y le habló con ternura, la dejó quedarse allí, y preparó otro lecho para nosotras para los próximos días.

En el serrallo donde yo vivía, junto a mi Señor que me amaba, el Señor de mi Señor se llevaba todos los días a los hijos por nacer, para devorarlos. Nunca el Señor de mi Señor permitió a ninguna de nosotras que, afiebrada, los hiciera nacer. Y nunca yo, Corozú, pude ver nacer a ningún hijo de mis entrañas. Pero la anciana de la cabeza del color de la ceniza haría nacer a nuestros hijos, y tal vez entre ellos al de Corozú, y tal vez el hijo de Corozú fuera también el hijo de mi Señor, el que me amaba.

Desde esa mañana, por ser la favorita de mi nuevo Señor, gocé de privilegios de comida y del respeto de todas las demás compañeras del harén, aún de las antiguas. Pero la que había sido la favorita de mi nuevo Señor hasta mi llegada, tramaba contra mí y me deseaba la muerte y todo mal.

Una tarde en que me encontraba descansando entre los parterres de flores, bebiendo el agua de la fuente, ella saltó sobre mí y quiso herirme para que mi nuevo Señor no me prefiriera mas, pero me pude defender y, en la lucha, le pude cegar un ojo y ya no me volvió a molestar y pronto murió. Y así yo, Corozú, gané por derecho mi lugar en el harén.


El tiempo imperceptible del serrallo pasó, en su rutina, y se cumplieron los días, y la anciana de la cabeza del color de la ceniza salió al fin de su lecho con los hijos de todas nosotras. Yo nunca había visto la pequeñísima levedad de los hijos de nuestra carne, y encantada, participé con cautela de su crianza y los vi crecer.

Con el tiempo, pude reconocer entre ellos al hijo de mi Señor, el que me amaba. Y secretamente lo amé también, y lo vi crecer y parecerse a su padre, y, casi sin darme cuenta, lo vi convertirse en un adulto.

Ya no creía que podía ser más feliz, pues todo lo que deseaba lo tenía. Y, en secreto, durante el día, pasaba las horas con el hijo de mis entrañas, el que había sido concebido por mi Señor, aquél al que yo amaba.

Y el tiempo volvió a pasar, invisible, hasta una mañana en la que, al ser despertada por mi nuevo Señor, pudimos ver que el palacio estaba cerrado y no podíamos salir a los jardines.

El Señor de mi nuevo Señor había cerrado las puertas del palacio, y podíamos ver como se afanaba en preparativos que no podíamos comprender.

Muy pronto el Señor de mi nuevo Señor entró al palacio, y fue tomando uno a uno a los hijos de nuestras entrañas. Y pudimos ver como, tomándolos por el cuello, les cortaba de un solo tajo las cabezas, que rodaban por el suelo, y los colgaba de los pies, para desangrarlos.

En un momento el elegido fue el hijo de mi Señor, aquél al que yo amaba. Pude ver como gritaba cuando el Señor de mi nuevo Señor lo tomaba por el cuello, pude ver el tajo que le separó la cabeza del cuerpo, pude ver su sangre derramándose, pude ver cómo lo colgaba de los pies. Así transcurrió esa mañana, en un caos de sangre y de plumas y de cabezas rodando.

Desde entonces, una y mil veces pude presenciar el espectáculo del horror, de la matanza de nuestros hijos. Y pude comprender que en algunos serrallos los Señores de los Señores devoran a los hijos por nacer, y en otros, los dejan nacer, los engordan, y luego los matan para devorarlos.

Incluso algunas veces yo misma, Corozú, afiebrada, incubé a los hijos de nosotras para que nacieran, aún sabiendo que morirían al llegar a la adultez.

Porque este es el sino de nuestra raza.

A veces, cuando se pone el sol, pienso en el Señor que me amaba, aquél al que yo amaba. Y sueño con que mis alas se fortalezcan, y me permitan volar. Si esto ocurriera, volaría muy lejos, días y días, hasta encontrarlo, y luego volaría junto a él hasta un lugar donde, juntos, comiéramos las lombrices de la tierra y viéramos crecer a nuestros hijos. A donde no existieran los Señores de nuestros Señores.

Y luego, cuando llega la noche, subo al palo más alto de los aposentos, y duermo junto a mi nuevo Señor.

F I N


Rafael

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