La Atadura de Vidrio (1697)
Hoy, el objeto permanece en una vitrina silenciosa de un museo alemán. A primera vista, no es más que un cristal antiguo: es un prisma opaco, inmóvil, acompañado por una etiqueta prudente que dice que el objeto es un “artefacto religioso”, pero evita los detalles. La verdad es que nada en la sala sugiere que haya algún peligro.
Nada, salvo la sensación persistente de que algo no está bien.
Pero los documentos antiguos cuentan otra historia.
En 1697, en un monasterio del sur de Alemania, se llevó a cabo un exorcismo que no podía fracasar… pero fracasó. Las crónicas describen oraciones interrumpidas con violencia, ritos católico-romanos ahogados por gritos, y una supuesta presencia que no se doblegaba ante ninguna invocación. Lo interesante es que la entidad resistía. No era que huía, sino que no cedía.
Cuando la expulsión resultó imposible, el clérigo a cargo tomó una decisión que sabía que estaba absolutamente prohibida. No intentaría expulsar aquello que no podía ser desterrado. Intentaría encerrarlo.
Vidrio "consagrado" fue fundido con antelación y moldeado en forma de prisma, el prisma de la foto.
Resulta que, en el punto culminante del ritual, cuando la tensión alcanzó su límite, se pronunció una invocación de atadura (no se a qué te recuerda eso de atar y desatar).
El caso es que no era una invocación de victoria, sino de contención.
Cuando el vidrio se enfrió, el caos cesó.
Dentro del cristal apareció una figura oscura, con forma humanoide, suspendida en el tiempo a medio gesto. Tenía un brazo levantado y el cuerpo inclinado hacia adelante, como si hubiera sido interrumpida justo en el instante de hacer algún tipo de vance. El demonio no había sido expulsado. Había sido atrapado.
El objeto pasó de mano en mano dentro de los círculos catolico-romanos, hasta que con el tiempo fue archivado, clasificado y finalmente despojado de su historia.
Fue convertido en pieza de museo, separado de los rezos y ritos, y del temor y del contexto que le dieron origen.
Pero años después, los curadores comenzaron a notar anomalías. La silueta parecía cambiar dependiendo del ángulo desde el que se observaba. Las burbujas de aire dentro del cristal formaban patrones extraños, casi deliberados. Algunos empleados reportaron dolores de cabeza. Otros, una sensación constante de ser observados. El cristal, sin embargo, jamás se agrietó, y nunca se degradó, parece que nuca hubiese envejecido.
El Tesoro Imperial de Viena dejó constancia de que se trataba de un demonio real, atrapado en vidrio durante un exorcismo en la Alemania del siglo XVII.
Y así, hoy permanece allí, inmóvil, silencioso… contenido, pero no destruido.
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Miren hermanos, historias como esta suelen incomodar. No porque despierten en nosotros superstición, sino porque nos recuerdan algo que a veces preferimos olvidar: el mal no es una metáfora. Tampoco un mito medieval. Es una realidad que la Escritura presenta con sobriedad, sin morbo ni exageración.
Pero también nos recuerda otra verdad aún más importante: el poder humano para enfrentar esa realidad siempre ha sido limitado. Encerrar no es lo mismo que vencer, y contener no es lo mismo que redimir.
Hermanos, la verdadera victoria sobre las tinieblas no vino a través de rituales secretos, objetos consagrados o rituales excentricos, sino mediante la obra completa y suficiente de Cristo en una cruz hace como 2000 años.
Eso no tiene un poder limitado, sino una autoridad absoluta, que no condena a una prisión temporal, sino un juicio definitivo.
Por eso, el creyente no vive ni en miedo ni en la superstición. Vive en vigilancia, anclado en la verdad, confiando no en técnicas ni símbolos, sino en el evangelio que anuncia que la Luz que ilumina a los hombres ya vino, y las tinieblas no pudieron vencerla.
La guerra espiritual es por la verdad y por el avance del evangelio, que el Señor de las mies, envíe obreros a sus mies.
