Las Cintas de Alejandro - Latinask

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Las Cintas de Alejandro

In Memoriam
Don Guido

Uno

Catus amat pisces, sed non vult tingere plantas.

Proverbios de Heywood


Me decido a escribir este informe, en parte por los insistentes y reiterados pedidos de mis amigos que conocieron el caso; pero principalmente para echar luz sobre este tema que ha sido tan manoseado por esa odiosa institución que en la Caja llamamos “radio pasillo”, el rumor.

No persigo interés literario alguno. Es más, no tiene ningún atractivo para mi recordar esta historia. Los que me conocen saben que escribo de noche y solo, y el horror que vivió mi familia este ultimo año regresa a mi mente y me eriza los cabellos (lo esta haciendo en este momento). Por lo tanto ruego al lector que disculpe el pauperizado estilo, ya bastante pobre de por si, pero mi deseo es terminar de una vez, que se lea y que no se sigan tejiendo historias, mas propias de un libro de Edgar Allan Poe que de la vida real.

Quiero ser lo más fiel que pueda a la verdad, y abundar en detalles me va a ayudar. Creo que todo comenzó en el mes de noviembre de 1982. Lamento no poder dar la fecha exacta, pero no importa demasiado. Fue en la época en que Alejandro B. (oculto los apellidos a pedido de los interesados. Creo que muchos los conocen, pero de todos modos me he propuesto respetarlo) compró los walk-man en la proveduría bancaria, que estaban baratos. Al final yo no pude comprarlos, no recuerdo por que. Pero no viene al caso.

Decía que Alejandro había comprado sus walk-man e iba a todos lados con ellos. Su hermano, que a la sazón trabajaba en Gas del Estado, también había comprado los suyos.

En ese entonces Claudia C., Claudia M., Alejandro y yo almorzábamos juntos. Yo no soy un estudioso de la parapsicología, pero siempre me interesó el tema, como a tantos. No recuerdo bien de que forma ese mediodía nos pusimos a hablar de fenómenos parapsicológicos.

Fue entonces que Alejandro nos dijo:

–      Les voy a contar una cosa que le pasó a mi hermano que los va a dejar helados. No me crean si no quieren, pero les juro que todo pasó tal cual. Lo único que les voy a pedir es discreción.  

Ustedes saben que él se compró los walk-man conmigo. Los días de su vida son así. El llega a la mañana a la oficina, abre el cajón del escritorio, que tiene una sola llave y la lleva siempre encima; saca los walk-man, se enchufa los auriculares, pone un cassette, y se pasa el día escuchando música. Cuando se hace la hora de irse, vuelve a guardar los cassettes y los walk-man en el cajón, lo cierra con llave y se va. Todos los días lo mismo.  

El viernes pasado estuvo todo el día escuchando un cassette de Bee Gees. El cassette estaba perfecto. Cuando llega la hora, lo guarda bajo llave y se va. Al lunes siguiente, cuando llega, abre el cajón, que estaba intacto, vuelve a poner a Bee Gees y lo escucha. Cuando está por terminar la penúltima canción, el cassette empieza a fallar. Se escucha como entrecortado, o sea. Se asustó el chanta porque pensó que se le estaba estropeando el walk-man. Cuando estaba tratando de arreglarlo, entra a escuchar la voz de un chico que habla o canta en inglés.

Sabés como se puso. Blanco. Por ahí se corta y sigue Bee Gees. Éste sigue escuchando, pero ya no le gustaba nada. y en la última canción, de nuevo. Mirá, tenés que escucharlo. El pibe canta, dice bap bap, que se yo. Te lo cuento y se me pone la piel de gallina, loco.

–      ¿Vos escuchaste el cassette?

–      Si, lo tengo en casa.

–      ¿Y tu hermano?

–      Mirá, cuando terminó la canción sacó el cassette y no lo volvió a escuchar nunca más. Esa noche lo trajo a casa. No quiere saber más nada.

–      ¿No puede ser una broma?

–      Puede, pero no me imagino cómo. Además el cajón estaba intacto. Estaba todo como lo dejó él. Aparte ¿para qué? El no se mete con nadie, encima no es un tipo que le puedan hacer efecto esas bromas. Ya ves, largó el cassette y a otra cosa, se olvidó.

–      Además, que macabro.

–      Si yo hiciera una broma de ese tipo, con todo el montaje que debe tener, no me limitaría a decir cosas ininteligibles en inglés. Diría algo dirigido a él, no sé, una amenaza. Una referencia al fin del mundo, que se yo.

–      Si, bien creíble...

–      Bueno, o algo que por lo menos se entienda.

–      Decime, Alejandro –le dije, maldita la hora–, ¿tenés algún inconveniente en traer mañana el cassette para hacérmelo escuchar?

–      Ningún drama.

Espera. Al día siguiente escuchamos todos el cassette en los walk-man de Alejandro.

Fue realmente impresionante. Tal como nos había anticipado, hacia el final de la penúltima canción, empieza a escucharse en forma entrecortada, como si hubiera un falso contacto en la salida. De pronto, la voz del chico. Es indudable que es inglés, aunque no se entiende nada. el mismo proceso a mediados de la siguiente canción.

Yo había leído que algunas canciones –en este momento sólo puedo recordar Revolution N° 9, de Lennon/McCartney–  escuchadas al revés, o sea corriendo la cinta para atrás, decían frases comprensibles, generalmente con referencias satánicas o cosas así. La onda “punk”. Tuve la intención de probar con esa cinta, a ver si al revés se podía entender lo que decía el pibe. Le pedí a Alejandro el cassette y me lo prestó.

Esa noche, en casa, me propuse investigar a fondo la grabación. Primeramente, traté de reproducir un posible trucaje en la cinta.

Sabido es que los cassettes grabados no admiten una grabación superpuesta. Esto se debe a los orificios que a tal efecto poseen en el borde posterior.

El truco es simple: poniendo una cinta adhesiva sobre el orificio se puede grabar como en un cassette virgen.

Lo difícil es grabar sin borrar lo anterior.

Tuve la suerte de que Carlos, mi cuñado, mas ducho que yo en estos temas, estuviera casualmente conmigo esa noche para ayudarme en el examen.

Hay varias formas de grabar sin borrar lo anterior. Creo que esa noche las probamos todas.

La primera fue introducir un papel entre el cabezal borrador  y la cinta mientras se graba. El resultado es que baja el volumen de lo grabado anteriormente, aunque no “chisporrotea”. Una que no.

Probamos obstruyendo el cabezal borrador con diferentes materiales: papel metalizado, lana de vidrio, una hoja de afeitar, plástico, goma, etc. Sostuvimos el cabezal borrador con el dedo, haciéndolo temblar. El “efecto chisporroteo” no se pudo lograr.

El veredicto fue el siguiente: la única forma de lograr el efecto es regrabar el cassette a través de un mezclador que tenga una entrada para el micrófono y otra para la canción original, dotada esta última de un pulsador o algo similar que produzca el “efecto chisporroteo”. Demasiado complicado para ser de manufactura casera. Se debe poseer una tecnología que no está al alcance de todos, y montada ex profeso para ese fin.

Una vez descartado el fraude, había que descifrar el mensaje. Coincidimos con Carlos en escuchar la cinta para atrás (creo que él había leído el mismo artículo). Como no disponíamos de un grabador de cinta, lo dejaríamos para el día siguiente.

Convinimos en que yo trataría esa noche de ecualizar la grabación de modo de obtener una copia con la voz del chico lo más filtrada posible. Obtuve algunas bastante buenas, que son las que hoy poseo.

Después que hube hecho esto –ya Carlos se había ido– escuchamos el nuevo cassette con Cristina, mi esposa. Entre los dos creímos entender algunas palabras en el inglés del chico, por lo que comprendimos que la grabación estaría al derecho, y que sólo era necesario escucharla detenidamente para descifrarla. Cuando Cristina se fue a dormir al nene, me aboqué a la tarea. El resultado es el que sigue.

La grabación sobre la penúltima canción dice:

Hey, look at fish (face), that fish. If (indescifrable) nobody´s go any her home. Under (di? to him. One, three on. Up to (chim? the child, and would be should. The (chick?, no he. The (kiub? you, he. They are look at fish. The (chick? look.

Hasta aquí, totalmente incongruente. Un pez, símbolo cristiano. Si algo pasa, nadie irá a su casa. Los niños, ellos miran al pez. No se entiende nada.

Al descifrar la grabación sobre la última canción, algo se aclara. A poco de correr la cinta, uno se da cuenta de que el chico canta la misma canción. Como para que al que la escuche con atención no le queden dudas. Como para asegurarse de que su mensaje llegaría a destino.

Lo que dice, o lo que creí entender, fue esto:

Hey, look at fish, that fish, look him. Nobody´s go any her home. Under is the fish. One, three, on. Up to (chim? the child, and would be should. The child look fish, the child look fish. They are look at fish, the child look him. (es notable observar que el tono de voz fue hasta aquí inexpresivo, tal vez alegre. La melodía, simple y monótona, puede compararse a alguna canción infantil. Las frases que siguen son dichas con una voz mas grave, sentenciosa. La melodía, siendo la misma, adquiere un tono mas severo, como si pasara de la escala mayor a la menor. Aprovecho para decir que yo me encontraba bastante contento y entusiasmado, dado que –aún con un pésimo inglés, evidente hasta para mí– se podía notar una cierta lógica en las frases, una cierta correlatividad. Lo que sigue, en cambio, me espantó) They (kitch? the boat. The boat is the dead. (tarareo triste) and I bup, bup, bup, bup. Blood (glub). Air. Dead.

         La piel se eriza desde las piernas hasta la nuca. Se siente un hormigueo en la espalda, en los brazos, en el mentón. Las últimas palabras las escribí sin verlas, ciegos mis ojos por las lágrimas. Sentí que ese chico ahogado estaba conmigo en ese momento. Que me hablaba a mí. Que me gritaba en los oídos. Sentí horror, y también piedad. Y compasión. Y miedo.

Fui como pude hasta la cama. Cristina se había dormido al lado del nene. La desperté llorando. Le conté lo que escuché.

–      ¡Es horrible!... –me dijo.

Lloramos juntos. Creo que esa noche nos dormimos abrazados, llorando.

Dos

“Nuestros antepasados habían descubierto el arte de crear dioses. Construyeron estatuas, ... llamaron a los espíritus de los demonios y de los ángeles, y los introdujeron ... en las imágenes, de modo que estas estatuas recibieron el poder de hacer el bien y el mal.”

ASCLEPIUS, siglo I AC

Es vano relatar el efecto que causó en mis amigos la traducción de la cinta. Sólo quiero mencionar que compartieron el horror. Le expresé a Alejandro el deseo de investigar el cassette hasta llegar a aclarar su origen, a lo que no se opuso, con la salvedad de no molestar a su hermano, y le devolví el original.

Esa misma tarde fui con mi copia ecualizada a ver a una conocida, María Angélica, estudiosa de la parapsicología, y casada con un ingeniero electrónico, con la intención de que hicieran un doble análisis del fenómeno. Me interesaba especialmente el veredicto del marido, y también su opinión sobre el tema.

Al día siguiente me devolvió el cassette, con una palabrita nueva: psicofonía. El análisis del marido coincidía con el nuestro, y también su dictamen. Pero ella opinaba que la grabación habría sido realizada por el mismo hermano de Alejandro, en un fenómeno parapsicológico con bastantes precedentes. Me contactó con una tal Luisa, médium o algo así, con actuación en el Instituto Argentino de Parapsicología.

Mi conversación con ella fue estéril. Se limitó a contarme detalladamente las psicofonías que recordaba, habló levemente de la posibilidad de que fuera un ente espiritual, y pasó a contarme historias muy interesantes pero que nada aportaban al tema.

Yo tenía la intención de hacer un estudio serio del asunto, pero no encontré plafond. Una a una, como suele suceder, las personas que originalmente habían tenido interés en el tema lo fueron perdiendo, y yo quedé solo con mi cassette. Acabé por guardarlo como recuerdo de un misterio sin solución.

Recuerdo que fue una mañana, en el colectivo, cuando decidí abandonar la investigación. Creo recordar que pensaba que tenía en mi poder una bella pieza de colección que mostrar a mis invitados, después de la cena.

Esa misma mañana, un rato más tarde, en el tren me encontré con un señor cuyo nombre nunca conocí, que viajaba a veces conmigo y con el que charlaba, casi siempre de política. No puedo recordar de qué forma nos conocimos.

Habíamos estado conversando de nuestro tema habitual, cuando, casi al final de nuestro viaje, me preguntó:

–      Che, decime, vos que sos joven y estás en la onda, ¿qué es ese artefacto que lleva el pibe aquél en la cabeza? – señalando a un muchacho con unos walk-man.

–      Es una máquina para no pensar –le dije, en tono de confidencia– Está ideada y distribuida por los Hombres Dominantes del Mundo para impedir que las nuevas generaciones tengan tiempo de ver la realidad –Yo, en verdad, quería seguir hablando de política.

Y me dijo a boca de jarro:

–      ¿Vos creés en el esoterismo?

Juro que este hombre nunca tuvo ninguna conexión con nadie que conociera la historia del cassette. Su pregunta, tan al tema de lo que me pasaba, y preludiada por una referencia a unos walk-man, no pudo dejar de impresionarme.

Creo que balbuceé una respuesta vaga a lo que me preguntaba, y pasé sin transición a contarle todo lo referente a la cinta, expresándole mi asombro por una pregunta tan oportuna, justo el día en que había decidido abandonar mi investigación personal.

Lo que me contó fue vivido por mí como en un sueño. Es notable como todos convivimos con submundos cuya existencia desconocemos, que coexisten con nosotros y nos rodean, cuyos habitantes frecuentamos a diario y se confunden con nuestros iguales. Me ha pasado varias veces tratar en una ronda de conocidos, generalmente compañeros de trabajo o de viaje, temas extraños como el alpinismo, y descubrir con asombro que uno de los circunstantes es o fue alguna vez alpinista. A veces me pregunto quiénes son la mayoría, si los “normales” o los que pertenecen a sectas, hermandades, agrupaciones más o menos herméticas, logias, asociaciones o clubes.

El hombre del tren pertenecía a una logia hermética que estudiaba las ciencias ocultas, algo así como la Golden Dawn o la masonería en sus principios. Me contó con mucho recato sus actividades, o lo que podía contar de ellas, dado que todas esas agrupaciones tienen secretos que sólo comparten los iniciados.

Pero no dejó de contarme que él era perseguido desde hacía años por una entidad demoníaca que pretendía hacerle daño. No me dijo por qué –tal vez no lo supiera–, pero me pudo contar cómo varias veces en el curso de su vida ese demonio menor había intentado matarlo, cómo lo había enfrentado en Egipto y de qué forma había llegado a sus manos una representación de esa deidad, en la India.

La conversación prosiguió, sin notarlo casi, en el subte, y cuando me despedí de él me rogó que le prestara el cassette para estudiarlo con sus hermanos, como él los llamaba. Le prometí prestárselo y me bajé, con una sonrisa en los labios y la convicción de que en Buenos Aires ya hay tantos locos como en las ciudades más desarrolladas, lo que es un síntoma de desarrollo.

Volví a encontrarlo casi todos los días, y si bien esto no era lo que yo llamaba “un estudio serio”, cedí a su insistencia y le presté el cassette, sin ninguna esperanza, pero por generosidad.

Me lo devolvió a los tres días. Se encontraba bastante entusiasmado con el cassette, y me demostraba resignación, como esos políticos que se avienen a hacer lo que en realidad deseaban hacer.

–      Los hombres tienen su destino atado al cuello como una piedra de molino – me dijo, parafraseando no se qué –. Es el mismo demonio de que te hablé. Ahora conozco su voz.

La conversación versó ese día en las diferentes formas que tienen los demonios de matar a la gente. El me explicó, y yo ya sabía por el cine, que la forma más común es quebrarles el cuello. Yo insistí con sadismo en el tema, sabiendo que para él era como hablar de su propia muerte. Pero yo no podía dejar de tomarlo como algo más bien pintoresco, como una fábula o, en realidad, como un mecanismo psicológico de autovaloración, algo así como decir “yo soy importante para alguien, alguien está interesado en mi”, aunque sea para matarlo. Pero por supuesto que no se lo demostré en todo el viaje. A los locos hay que seguirles la corriente.

Le di manija al pobre hombre hasta que llegamos a destino. Cuando nos despedimos me contuve para no hacerle una broma macabra al respecto, como “cuídese de andar de noche sólo por los cementerios” o algo por el estilo. Pero el pobre tipo me tenía como cariño. Será porque yo lo escuchaba.

–      Tené cuidado con ese cassette – me dijo –. No lo investigues sólo. Hay fuerzas que la gente no conoce, y que desatadas pueden resultar fatales para el que no sabe manejarlas. No pierdas nunca un hilo de Ariadna con el mundo tetradimensional. Y si querés investigarlo, hacelo, pero nunca sólo. Acercate a algún grupo, a alguien que sepa. Y tené cuidado con el Demonio. Yo sé que vos no creés en él, pero existe. Y tiene el poder de hacer daño. Te deseo que seas muy feliz.

Se despidió de mí como si fuera la última vez que nos veríamos. Y de hecho, no lo volví a ver.

Tres

“... y sólo del misterio se tiene miedo. Es preciso que no haya más misterios.”    

VUELO NOCTURNO – Antoine de Saint-Exupery    

Aquí se produce un “bache” en la historia. Desde mi encuentro con “el esotérico”, a fines de enero de 1983, hasta mediados de junio de ese año, no se volvió a tocar el tema, mas que como alusión interesante. Yo tenía mi “pieza de colección” entre mis cassettes con discursos y voces familiares.

En el mes de febrero de 1983 fue cuando nos mudamos a la nueva casa (Es por eso seguramente que se abandonó el tema). Nazareno –mi hijo– comenzó a caminar a poco de estar en casa, y se vivía un clima de intensa felicidad.

Fue una noche todavía calurosa, cuando Cristina se despertó sin razón aparente, y notó una luz que venía del living. Tras vencer el primer impulso de seguir durmiendo, se levantó a apagar lo que suponía la lámpara. Al cruzar la puerta del living, descubrió que lo que ocurría era que la puerta de calle se encontraba abierta de par en par. De inmediato corrió a despertarme.

Con cautela, ante la posibilidad de ladrones, me acerqué, cerré la puerta con llave, prendí la luz, y tras revisar toda la casa, y notar que todo estaba intacto, nos preguntamos mutuamente qué había pasado. Los dos recordábamos perfectamente que la puerta estaba cerrada con las dos llaves antes de irnos a dormir. Un misterio sin solución aparente. Decidimos dejarlo para el día siguiente y volver a la cama.

Con el desayuno analizamos detenidamente la cuestión.

Primera hipótesis: un ladrón abrió la puerta desde afuera; al entrar descubrió que estábamos nosotros y escapó sin cerrar la puerta para no hacer ruido.

Es bastante improbable. La puerta de mi casa es de las del tipo que no tiene pestillo del lado de afuera; por lo tanto, sólo se puede abrir con la llave o con una ganzúa. Convengamos en que la puerta estaba sin llave –¡pero nunca abierta!– y que el tipo abrió con una ganzúa, lo que ya es bastante difícil de hacer sin que lo vean. ¿Qué detiene a ese hombre, después del trabajo que se tomó, a sustraer algo de valor aprovechando la impunidad de nuestro sueño? ¿Qué le hizo pensar al ladrón que nosotros no estábamos, siendo un día de semana, y durmiendo con la ventana abierta? ¿Quién se toma el trabajo de abrir una puerta con una ganzúa, para huir luego porque los dueños de casa están durmiendo –como es lógico, por otra parte–? Si yo, ladrón, quiero entrar a una casa y no quiero enfrentar a los dueños, averiguo primero fehacientemente si ellos no están. Descartada.

Segunda hipótesis: La puerta no estaba cerrada, sino solamente entornada, y se abrió con el viento.

Esto obligó a una comprobación in situ. Es imposible arrimar la puerta de modo que no entre una hendija de luz, sumamente visible. Hubiera saltado a la vista que la puerta estaba abierta. Además, la menor brisa la abre o la cierra. Descartada.

Tercera hipótesis: Nazareno se levantó en sueños, abrió la puerta y se volvió a acostar.

Bastante difícil de por sí que Nazareno abra una puerta. Pero aún suponiendo que lo hiciera, ¿cómo diablos hizo para volver a subir a la cama? Descartada.

Cuarta hipótesis: Cristina o yo somos sonámbulos, o ambos.

Nunca lo fuimos. ¿Podemos descartar?

Resultado: misterio insoluble, si no contamos el sonambulismo, un temblor de tierra, un campo magnético enorme, un ovni o un fantasma.

La opción del fantasma fue la que más nos gustó, y tras solicitarle respetuosamente que en lo sucesivo atravesara las paredes como suelen hacerlo los de su especie, tomamos la precaución de revisar dos veces antes de irnos a acostar.

Creo que fue esa misma semana, o la siguiente, que estando Nazareno jugando en su pieza, y Cristina planchando en la cocina, corrió espantada ante los gritos desesperados del nene.

A Nazareno no le pasaba nada. Es decir, estaba muy asustado, lloraba y se abrazaba a Cristina, pero no tenía señales de que le hubiera pasado nada. Sólo que Cristina, tal vez motivada por el affaire de la puerta, “sintió” una presencia en ese cuarto. Levantó al nene, con la impresión de ser observada, y lo llevó con ella, con la idea de no volver a dejarlo jugar sólo.

Cuando me lo contó, le expliqué que es muy común que los fantasmas asusten a los chicos, pero sólo el primer tiempo, hasta que se encariñan con ellos. Después juegan, los cuidan, cuando son grandes les hacen los deberes, y se ha sabido de casos en que hasta les cambian los pañales, lo que es una gran ayuda. Cristina coincidía conmigo en tomar este tipo de cosas a broma, pero las mujeres siempre tienen una tendencia a ser menos escépticas que los hombres. La duda estaba.

Hubo otras cosas: pequeñas desapariciones de objetos, que aparecían en lugares insospechados, sombras que se veían en momentos de distracción (en realidad no eran sombras; eran como luces, no luces brillantes, sino como objetos iluminados que se veían con el rabillo del ojo, pero que al observar ya no estaban). En fin, todo hacía sospechar que “no estábamos solos”.

De todos modos, había que dar una respuesta racional a lo ocurrido: stress, sin duda, olvidos, alucinaciones, todo producto del cansancio mental que ambos teníamos. Decidimos postergar ciertas ocupaciones, darnos más tiempo para nosotros, y salir un poco más.

Fue a mediados de junio, decía, que se nos ocurrió comentar en la casa de mi hermana, Isabel, que teníamos un fantasma que nos cuidaba la casa en nuestra ausencia. Nosotros lo decíamos a tono de broma, pero ella y su marido, Daniel, lo tomaron bastante en serio.

Yo no podía creer que dos personas cultas, dos profesionales, tomaran en serio historias de fantasmas y aparecidos, dignas más de fogón de campamento que de sobremesa familiar. Pero ellos lo tomaban en serio, nomás. Yo no negaba la vida trascendente, pero opinaba que a las almas les interesaría más otras cosas que andar espantando. Además hay una cuestión física, de comunicación, insalvable.

No podía perder una oportunidad como esa para contar el caso de la cinta de Alejandro. Increíblemente, me enteré que nunca antes se los había contado, y que nunca habían tenido el honor de escuchar mi cassette. Tenían un casi ofensivo desconocimiento de mi colección de grabaciones. Quedamos en una inmediata visita a casa, donde yo les haría escuchar unas cuantas.

Vinieron a la semana siguiente. De sobremesa, ya los chicos dormidos, acerqué el grabador a la mesa con la lata de cassettes, y les hice escuchar grabaciones familiares, el discurso de Balbín cuando murió Perón, la serie de comunicados de la guerra de las Malvinas, y algunos más que no recuerdo, dejando a propósito para lo último el que yo sabía que les interesaba más: el de Alejandro.

Por fin, lo anuncié teatralmente, y me dispuse a pasarlo. Recuerdo que alguien   –creo que fue Daniel– habló de una presencia en la habitación.

El cassette comenzó a correr. Sonaba el tema de Bee Gees. De repente, se empieza a entrecortar, y recuerdo las manos de la pareja que se tomaron, mientras Daniel se inclinaba para oír mejor. La voz del chico empezó a sonar, y yo subí el volumen. En ese momento las luces se apagaron, y el grabador se detuvo. De inmediato pensé en un corto circuito en el grabador, y tiré instintivamente del cable. Al hacerlo, noté que la habitación estaba iluminada por una luz pálida, que provenía de los tubos fluorescentes de la difusa. Me indicaron, no sé cómo, el tubo del televisor, que emitía luz. De pronto, volvimos a escuchar la voz del chico, esta vez sin Bee Gees. Decía, cantaba en realidad, “Mabels, mabels, mabels... mabels, mabels, mabels...” Cristina me abrazó. Fue la única que se movió; los demás estábamos absortos, despavoridos es la palabra, mientras la voz seguía diciendo “mabels, mabels...” en un tono cada vez más fuerte. Creo que fue Isabel la que gritó.

De repente todo cesó. Volvió la luz normalmente, la heladera a funcionar, los tubos a parpadear. En ese momento notamos el llanto de los chicos, desde la pieza.

Estaban los dos despiertos, mejor dicho despertados, porque de inmediato se volvieron a dormir. Tal vez los despertó el ruido.

Isabel y Daniel abrigaron a la nena, y se pusieron los sacos mientras no cesaban de hablar. Recuerdo que yo les pedía disculpas, tan confuso me encontraba. Ellos me decían, con ese encanto del que da consejos sin que se los pidan, que debíamos vender la casa, quemar el cassette, exorcizar el grabador, y bautizar el televisor.

Si mi intención era impresionarlos con mi colección, no cabe duda que en esa ocasión lo hice. Se fueron deseando no haber venido.

Cuando nos quedamos solos, Cristina y yo nos abrazamos y nos pusimos a reír. Es que la situación se había vuelto realmente cómica. Pero quedaba un misterio impresionante por resolver por nuestras mentes investigativas. Un desafío.

Primero que nada ¿qué había ocurrido con la luz? Parece que el corte de luz tuvo que ver realmente con la experiencia, porque al grito de Isabel todo volvió a la normalidad.

Un poco de experiencia con fenómenos eléctricos me hizo pensar en un gran campo magnético que hubiera interrumpido el fluido. Era una opción bastante probable, dado que los tubos fluorescentes y el tubo del televisor se encendieron, como es lógico si los rodea un intenso campo magnético. De inmediato miré mi reloj electrónico: marcaba las doce y veintidós minutos del día primero de enero de 1977, lo que pasa siempre que se detiene y vuelve a arrancar –por ejemplo, cuando le cambio las pilas-. Era indudable que se había detenido veintidós minutos atrás, por la misma causa que detuvo todo lo eléctrico de la casa.

De pronto, horrorizado, salté del sillón y corrí hasta mi colección de cassettes     –¡estarían todos borrados!–  Afortunadamente, hacía tiempo que había tomado la precaución de guardarlos en una lata metálica y no en una cassettera común, justamente para protegerlos de los campos magnéticos. Aunque nunca pensé que podría exponerlos a uno tan intenso. Tampoco recuerdo en qué momento ni por qué razón tapé la caja. Supongo que debe haber sido parte de la presentación de la cinta de Alejandro.

Tampoco ésta había sido borrada, y esto sí que es raro dado que estaba puesta en el grabador. Tal vez la protegió la estructura metálica del grabador, o tal vez el fantasma no me quiso privar de ella. Y ya estoy aceptando abiertamente su existencia.

Por otro lado ¿qué significa “mabels, mabels”? tal vez Mabel, un nombre (sugestivamente, la hermana de Cristina se llama Mabel). Pero, en español, Mabel se acentúa en la e –el fantasma acentuaba la a–, y en inglés se pronuncia Meibel.

Nos costó un rato bastante largo comprender que lo que el fantasma decía era bubbles, bubbles, burbujas, burbujas, una obvia referencia a lo último que vio en vida.

Una cosa era indiscutible. El fantasma existía. Y se quería comunicar con nosotros. Era posible propiciar esa comunicación, y más esa noche que “andaba en las cercanías”.

Decidimos que el mejor método era el tablero Ouija, más conocido por “el juego de la copita”. Yo lo había jugado una vez, y tengo una interesante experiencia.

Era gracioso vernos bordear el tema, eludirlo, posponerlo, sopesar posibilidades, en realidad por puro miedo. Bela Lugosi pisó fuerte en nuestra juventud.

Por fin nos decidimos. Desparramamos las letras del Scrabel sobre la mesa, escribimos los números, el sí y el no en papelitos, y elegimos una copa liviana, como para no andar cansado al fantasma.

Nos sentamos enfrentados, la copa entre ambos, los índices extendidos señalándola, la vista reconcentrada en su brillo. Y el silencio.

Cuatro

“No bien el rostro sombrío     
de aquél hombre mudos vieron,    
horrorizados, sintieron     
temblar las carnes de frío.”     

SANTOS VEGA – Rafael Obligado

Los que nunca jugaron al juego de la copita, deberían realizar alguna vez esta interesante experiencia telekinética. Se debe desparramar un abecedario, un sí, un no y las diez cifras en círculo en una mesa, ubicar en el centro del círculo una copita pequeña (por el peso) boca abajo, y señalarla con el dedo índice extendido, sin tocarla. Y concentrarse.

Al cabo de un rato más o menos largo según la suerte de cada grupo la copita se empezará a mover, formando con las letras palabras o frases, provenientes seguramente del inconsciente de alguno, dado que la copa se mueve por la fuerza telekinética de alguno o algunos de los jugadores.

Los entusiastas de este juego afirman que el que escribe es en realidad un fantasma que acude a mover la copa. Se dice que pueden hacerse preguntas (de ahí que se pongan un sí y un no), pero mi experiencia es que la copa se mueve –cuando se mueve– tan lentamente que es imposible mantener un diálogo.

Se crea lo que se crea, la experiencia de concentrarse sin pensar en nada          –olvidaba lo más importante: no pensar en nada– es sumamente interesante.

Decía que esa noche nos sentamos, Cristina y yo, uno a cada lado de la mesa, señalando casi acusadoramente a la pequeña copa que centraba el círculo de plástico y papel.

El tiempo transcurre insensiblemente. La copa, al cabo de un tiempo, se bordea de luz, y adquiere una imagen irreal. De afuera hacia adentro el círculo de visión empieza a poblarse de imágenes hormigueantes, de corpúsculos de luz que se mueven haciendo desaparecer toda visión, excepto la copa tras la imagen duplicada de mi dedo.

Este juego siempre se rodea de una atmósfera de misterio in crescendo, pero en esta ocasión en particular, dados los antecedentes que se vivieron, era inevitable que las imágenes amorfas que circundaban la copa confluyeran a formar demonios míticos, aquelarres medievales, las más autóctonas salamancas, caras monstruosas de las que mi imaginación suele ser avezada autora, y otras alucinaciones más o menos por el estilo.

La copa baila a cada movimiento de los ojos, y el temblor imperceptible del dedo adormecido ayuda a ocultarla a veces, dando la sensación de un movimiento deseado y temido que en realidad no existe.

Así gotean los minutos llenando las horas. Entre rostros cabríos de ojos como brasas, y procesiones de sombreros tricornes, y sierpes, que se deslizan alrededor de la única triunfante, la copa inmóvil, la de cristal indestructible y con luz propia, vencedora como el gusano de Poe o la urraca de Shakespeare. Oyendo –ya a esa altura– como un fondo indescifrable miles de voces murmurando nombres impíos por debajo del zumbido insoportable del silencio.

Y de pronto, el estallido atronador en la cocina. Nos encontramos ambos, de pie al costado de la mesa, inmóviles, mirándonos fijamente a los ojos desmesuradamente abiertos, las orejas muy atrás, los brazos erizados, los pulmones repletos de aire que no puede salir. Tragué saliva, y dije con un hilo de voz:

–      Yo voy.

Abrí de un tirón la corrediza, los párpados temblando.

Y vi la pila de platos, desparramada en fragmentos sobre la mesada y el piso.

–      Esto así no va –me dijo Cristina– Estamos haciendo algo mal. ¿Qué hora es?

–      Las tres y treinta y cinco. Pero tengo mal el reloj. Hará dos horas que estamos...

–      Y el fantasma éste no aporta. Estaba pensando ¿si ponemos el cassette?

Gran idea. Llevé la lata de cassettes al dormitorio –por las dudas–, y pusimos el grabador sobre la mesa, con la cinta del chico.

Convinimos en que lo mejor sería concentrarnos un rato con la copa, y en el momento en que ya nos sintiéramos psíquicamente “en clima”, uno de los dos encendería el grabador.

Tras un rato relativamente corto, Cristina –debería preguntarle si fue ella. Yo no fui, estoy seguro– echó a correr la cinta.

Ya estábamos preparados para cualquier cosa, de modo que no recibimos con extrañeza la sensación de frío viscoso que crecía a medida que avanzaba el cassette, la sensación de ahogo que culminó finalmente con la lenta rotación de la copa, acompañada al principio por nuestros dedos, y luego sola, deslizándose cada vez más rápido por la mesa, como si su cavidad exhalara un gas denso que la hiciera flotar.

–      Ese ... Pe ... –Cristina puso en mis manos virome y papel, que quedaron a mano al preparar el Ouija.

SPECTA MEI CORPUS SPECTA MEI CORPUS NON VIDIT QUIN SANGUINE PROPERATUM NON IMPORTA FRIGUS EST IDEM EST IDEM QUIN SIS FRIGUS MANUS IDEM VISUNTUR SOL NON EFFICIIT LUX ATRA NON CADERE LACRIMAE AUDER NOSTER DENTIS AUXILIA ME

¡Latín! Yo no hablo latín, tan sólo tengo una vaga noción. Pero era necesario preguntar, no sabía si tendría otra oportunidad como esa en la vida. Lo primero era saber de qué época era el fantasma.

–      ¿Quandiu? (¿durante cuánto tiempo?)

–      DECEM ANNOS VIXI – Diez años... ¿van? ¿vi? ¡Viví!

–      ¿Quando? ¿Quando?

–      EXITU AETATIS PUERILIS – No entendí, y volví a preguntar.

–      ¿Quando interitus? (¿Cuándo moriste?)

En ese momento la copa tembló, y puedo jurar que la mesa también. El ambiente se volvió más denso, más insoportable aún, mientras la copa deletreaba velozmente NON SUMMUS MORTUS, para inmediatamente saltar al piso, tras describir una parábola, y estrellarse.

La tensión del ambiente cedió de golpe, y sentimos que nos quedamos solos. Es difícil de explicar, pero de pronto fue como si se descomprimiera la habitación, o como si se silenciara un sonido muy fuerte. Lo que prima es la sensación de haberse quedado solos.

–      No sabía que hablaras latín –me dijo Cristina.

–      Porque no lo hablo. No hubiera sabido qué preguntarle después ¿Por qué latín? ¿Quién es este pibe? Inglés, latín... ¿un cura inglés? –dije, mirando el papel. En particular la palabra summus.

–      Un cura de diez años –me dijo Cristina, y yo tampoco sabía que ella hablara latín.

–      “No estamos muertos” ¿Estamos? ¿Por qué no dijo “no estoy muerto”?

Y nos pusimos a traducir. Aparentemente dice:

Mira mi cuerpo. Mira mi cuerpo. No ves que la sangre corre rápido. No importa el frío. Es igual. Es igual que sea frío. Las manos igual se ven. El sol no hace efecto. Luz negra. No caen lágrimas. Escucha nuestros (!)  dientes. Ayúdame. –¿Durante cuanto tiempo?– Viví diez años –¿Cuándo? ¿Cuándo?– Al salir de la infancia.   –¿Cuándo moriste?– No estamos (!) muertos.

–      Parece que a este fantasma le da lo mismo usar el plural que el singular –le dije a Cristina, indignadísimo por la ligereza con que este chico usaba los pronombres.

–      Diez años... pobre criatura. Y habla del frío. “Escucha nuestros dientes”. pobrecito

Cristina lloraba. Y yo pensando en las conjugaciones.

Cinco

“– Decidme, pues –le respondí–: ¿Qué hay que hacer para triunfar?     

Entonces me reveló todo el misterio y me mostró que nada era más sencillo”     

ESTEGANOGRAFIA – Abad Tritemo (1462-1516)     

Desde ese día vivía con la frase en latín en el bolsillo, pendiente de encontrarme con alguien que supiera latín para pedirle que me la traduzca. La oportunidad se dio un mes más tarde, cuando me encontré con el padre Bernabé M. (SJ), un amigo de años, en la casa de un amigo común.

Tras los prolegómenos del caso, le estiré la copia.

–      Me parece un pésimo latín – me dijo.

–      Tampoco sabe hablar inglés – le contesté, pero pensaba en voz alta.

–      No sé si me entendés. Me parece el latín que vos sos capaz de hablar.

Sugería que yo había escrito la frase.

–      ¡Osás ofenderme diciendo que es un fraude urdido por mí! –le dije, ofendiéndome en broma

–      No... Lo que te digo es que lo escribió tu inconsciente por telekinesis. Es el mismo caso que la cinta. La escribió tu amigo por psicofonía. Es una experiencia bastante linda. Te felicito.

Este cura burlón. Pero siempre te canta la justa.

Hablamos largo esa noche sobre el asunto éste. Se interesó de veras cuando le conté cientos detalles (¡si recordara cuáles!). Ahí empezó a tomar la cosa con más seriedad.

Me hizo algunas sugerencias, después me exhortó directamente a que me dejara de joder (sus palabras) con el tema, y terminó por ofrecerse para exorcizar mi casa.

–      Pero escuchame –le dije– ¿vos creés en serio que puede tratarse de una entidad demoníaca?

–      No sé. –lo dijo para no asustarme, si lo conoceré– Un Angel del Señor no es. Yo andaría con cuidado.

Me metió miedo el curita. Pero decidirme a exorcismos y esas cosas de película... Y al fin y al cabo el pibe no me había hecho nada.

Le conté a Cristina lo que hablé con Bernabé, y, para mi asombro, no aceptó la idea del exorcismo, diciendo lo mismo que yo acabo de escribir, que el fantasma no nos había hecho nada más que romper una copita que no valía tanto. Y poniendo énfasis en dos palabras latinas que parece que la perseguían: AUXILIA ME.

El tiempo que siguió después fue como una pesadilla. Era una cosa diaria, diría, que pasara algo extraño, como cosas que se caen sin razón aparente, “presencias” que se sienten, puertas que se abren sin viento.

Era una cosa de estar mirando televisión, con el nene jugando y de pronto empezar a ponerse nerviosos, empezar a sentir este frío viscoso, y el nene ponerse a llorar, y uno –Cristina o yo– a hacer preguntas al aire, en latín o en inglés, que ya habíamos escrito.

El colmo fue cuando, con el grabador encendido, en uno de esos momentos, por el grabador salió la respuesta. No recuerdo qué preguntamos y la respuesta, esa vez, no quedó registrada. Pero la situación que estaba viviendo Nazareno, llorando todos los días, no era saludable para él.

Fue así que decidimos una noche, llevarlo a la casa de mi suegra y dejarlo hasta que esto se decida para bien o para mal.

Fue la noche decisiva. Encendimos el grabador con un cassette virgen, me senté con Cristina en mis rodillas, y esperamos.

Al cabo de un rato inesperadamente corto, sentimos como otras veces su presencia.

Fue Cristina la que comenzó a preguntar.

–      Wath is your name?

–      Mi nombre es Legión –contestó, y la pucha que me asustó su respuesta. Tuve la intención de largar todo y llamar a Bernabé, pero Cristina siguió, imperturbable.

–      ¿Por qué ahora me contestás en español?

–      La respuesta está en tu cerebro.

Ahí está la explicación de por qué hablaba en tan mal idioma. Cuando grabó la cinta, el hermano de Alejandro estaba escuchando a Bee Gees en inglés, y por eso grabó en el inglés que pudo, con sus breves conocimientos. Y con la copita escribió en latín porque yo estaba fantaseando con misas negras y esas cosas. Además, no me pregunten por qué, pero para mí el idioma fantasmal es el latín. Y como el que escribía era yo –mi inconsciente que captaba telepáticamente lo que le dictaba el fantasma–, escribí en el latín que pude, bastante malo pero el único con el que yo podría hablar. O Cristina, pudo ser ella la que escribiera, o los dos.

–      ¿Qué estás haciendo ahora en la Tierra?

–      Este es nuestro lugar.

–      ¿Por qué hablás en plural?

–      Porque somos muchos en uno, todos estamos en las mismas condiciones.

–      ¿Quién fue el que se cayó al río?

–      Yo... –¡La voz del cassette!– Habíamos ido al río con los chicos, y ellos fueron los que tiraron el bote, ellos, no yo, se lo juro.

–      Contame más.

–      Había sol, y el agua era transparente que se veían los peces. Los chicos quisieron atrapar uno, y el bote se volcó. Ellos se murieron todos.

–      ¿Y vos?

–      Yo sentí que me asfixiaba, veía sólo burbujas. Me asusté mucho, pero no me morí. ¿No ve que estoy vivo? ¿No ve que estoy vivo? ¿No me ve?

Esto último lo dijeron varias voces, que terminaron superponiéndose hasta formar una sola, como varios colores que se mezclan hasta formar uno sólo definido.

–      ¿Y qué hiciste desde ese día?

–      Desde ese día me paso la vida preguntando por qué todos fingen no verme. Les grito a los oídos y se obstinan en no contestar.

–      ¿Por qué sentís frío? –fue mi primera pregunta.

–      Siento mucho frío. El sol no me calienta. No sé que le pasa al sol que no calienta. La luz no es como antes. La luz del sol es opaca.

–      Negra...

–      ¿Dónde está Dios?

–      Dios está... en el Cielo, supongo.

–      ¿Cuánto hace que estás así?

–      Mucho... mucho.

–      ¿Desde qué momento?

–      Desde que salí del río. –la voz del chico.

–      Que hable otro.

–      Desde que me clavaron ese puñal que casi me mata. –una voz de mujer.

–      ¿Quién te lo clavó?

–      Marco Tulio, mi marido, cuando estuvimos en Hispania.

–      Que hable otro –dijo Cristina. Yo hubiera preferido seguir hablando con esta asesinada de hace dos mil años.

–      ¿Cuándo te mataron?

–      ¡No estoy muerto!

–      Tienen que entender que la vida ya no está en ustedes. Que no pueden vagar eternamente por un mundo al que ya no pertenecen.

De nuevo las luces comenzaron a apagarse, y el aire se volvió a poner pesado. Cristina preguntó algo, pero ya no hubo respuesta porque el grabador ya no andaba. Increíblemente, en ese momento pensé en mi reloj que volvería a detenerse.

–      ¡Cuando comiencen a aceptar que están muertos, recién entonces estarán listos para partir definitivamente de este mundo!

Una silueta rojiza comenzó a perfilarse en el medio de la habitación a oscuras. No era una silueta definida, sino más bien un borde enorme de forma humana que saltaba como un mono.

No sé que dijo Cristina en ese momento. Seguía hablando de Dios y de la muerte, y de partir para el más allá. Lo que recuerdo con claridad es la silla en la que estábamos sentados, que se movía como todo el cuarto, la figura saltando, roja, enorme, el aire irrespirable.

De pronto, la figura se quedó quieta, tensa, y se puso celeste de inmediato, y después paulatinamente blanca. El grabador volvió a andar, para decir:

–      ¡El calor! ¡Es luz caliente! ¿Dónde? ¡En la ventana! Es de luz... Es mi Señor... Mi Señor...

La imagen caminaba lentamente hacia la ventana, pasando a través de la mesa, y al pasar cerca nuestro juro que la vi desdoblarse, como si fueran muchos, pero no se separaron. Fue como un efecto óptico, es decir como si dentro de la imagen yo pudiera adivinar varias. En realidad, no hay forma de describirlo.

La imagen desapareció por la ventana, y con ella se fueron todos los fenómenos que ocurrían en mi casa.

En seguida, al día siguiente, volvimos a traer a Nazareno, tan seguros estábamos de que todo había terminado.

Hay algo más. Al reescuchar el cassette que grabamos esa noche, hay una voz, al final, que ni Cristina ni yo escuchamos, pero que de todos modos se grabó. Es una voz dulcísima, como nunca escuchamos otra igual, que dice: “Yo soy la luz del mundo”

Epílogo

“Si recordara entonces su antigua morada y el saber que allí se tiene, y pensara en sus compañeros de esclavitud, ¿no crees que se consideraría dichoso con el cambio, y se compadecería de ellos?”     

LA REPUBLICA, Libro VII – Platón     

Quiero dejar sentado que voy a comentar un suceso por completo desconectado del resto del informe. Pero me acabo de enterar que ocurrió, y me parece una obligación incluirlo.

Esta tarde, cuando volvía del trabajo, me encontré en el tren con un muchacho con el que suelo viajar. Como hace apenas una semana que terminé el informe, y cito en él al esotérico, le pregunté a este chico por él, dado que también lo conocía.

–      ¿No sabés lo que le pasó? –me dijo– ¿Viste hará dos o tres meses, que los trenes se atrasaron como dos horas a la mañana? Mirá, me cuesta decírtelo, no sé cómo lo vas a tomar, pero un tren lo agarró a Guido. No le hizo nada, no lo llegó a pisar, pero lo atropelló de frente y se partió el cuello contra el tercer riel. Murió instantáneamente.

Requiescat in pace, Don Guido.

F I N

Rafael

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