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Un mundo feliz

CI8541493 pasó con indolente tranquilidad frente a la hilera de vehículos autopropulsados. Cada uno de esos vehículos tenía potencia suficiente para desmembrarlo, pero todos obedecían hipnóticamente el código luminoso del Sistema Computarizado de Tránsito.

CI8541493 no tenía vehículo autopropulsado. A los miembros de su casta les estaba prohibido tener uno. Ellos debían viajar en los Transportes Generales Eléctricos, con los otros miembros de su clase. Al cruzar la zona transitable, notó que en su camino había una Brigada de Humanoides de Represión, pidiendo salvoconductos. Los eludió con habilidad –estaba habituado a hacerlo–, no porque no tuviera salvoconducto, sino porque había oído demasiadas historias de hombres, sobre todo de su casta, que fueron torturados y muertos con crueldad por las Brigadas, con salvoconducto o sin él. Él mismo había sido capturado una vez, cuando recién había llegado al orbe, y puesto milagrosamente en libertad después de dos días, tal vez porque se habían olvidado de quién era. Y tenía salvoconducto.

Se apretujó en el Transporte con otros hombres que, como él, volvían seguramente de trabajar en la obras en construcción, haciendo el trabajo que podrían hacer las máquinas, pero a menor costo. Él trabajaba en la construcción de un palacio para un miembro de la casta de los Guerreros Gobernantes. Un palacio muy lujoso al que nunca él ni ninguno de su casta podría acceder jamás.

Había oído que en otros países del Imperio, y del otro, las castas inferiores tenían los mismos derechos que las otras castas; sobre todo en el país imperial. Pero eran propagandas provenientes de lugares que, seguramente, necesitaban mano de obra barata.

Él odiaba a los Guerreros. Era un amargo resabio que le había quedado de su tiempo de esclavitud (porque todos los años los Guerreros seleccionaban centenares de jóvenes entre los mejor dotados físicamente para hacerlos servir como esclavos en sus palacios, y, ocasionalmente, para usarlos de avanzada en sus guerras. Al cabo de un año los renovaban, quizá para no hacer prosperar la esclavitud que, paradójicamente, había sido abolida). O tal vez porque envidiaba los privilegios que ellos y sus numerosos amigos detentaban. Ellos, por ejemplo, nunca eran molestados por las Brigadas de Humanoides, y bastaba nombrar a algún Guerrero de alto rango para que todas la puertas se abrieran.

Descendió del Transporte y se encaminó al ghetto, en las afueras de la ciudad. Al entrar a él notó un atadijo de papeles baratos. Era un Boletín de Información Codificada. Cuando niño, CI8541493 había asistido a las Escuelas de Adiestramiento, donde le habían enseñado a descifrar el código; pero a fuerza de no usarlo, lo había olvidado. De todos modos, todos los sistemas de información estaban manejados por los Gobernantes y sus secuaces, e informaban sólo lo que Ellos les dejaban informar; una sarta de mentiras, sin duda.

Ingresó a su hábitat. Este era un mísero cubículo de hojalata y cartón, que hacía las veces de cocina, comedor y dormitorio. Echó agua en una tinaja metálica y la puso al fuego. Lentamente, se dirigió al surtidor público a buscar más agua, para mañana. Temblaba sumergido en el frío de la noche.

Pensó en su hijo. Y en su esposa niña, que había dejado en el campo, “por unos meses”, para ir al orbe “y volver forrado”. Año y medio hacía ya. Y dos meses nomás que trabajaba.

Cuando volvió al habitáculo, el agua ya hervía. Echó un poco de un polvo negro en el fondo de un cuenco de vidrio, otro poco de un polvo blanco, y llenó de agua. Prefería esta droga importada a la infusión de hierbas que tomaban sus compañeros del ghetto, aunque era cara, mucho más cara, pero le daba una sensación de calor y bienestar. Un lujo que no debería repetir.

Echó un cubo de alimento sintético en lo que quedaba de agua, y sorbió la droga negra con fruición. Era lo único que comía en los últimos veinte días, comida sintética y agua. Y la droga negra.

CI8541493 rebuscó en el paquete de sahumerios orales. Le quedaba uno sólo. Lo inhalaría después, antes de dormir. Esta droga había aumentado de precio a 45.000 unidades representativas, y ya no podría pagarla. Sería su último sahumerio.

En el interior del cubículo hacía tanto frío como afuera. La mandíbula temblaba convulsivamente mientras apuraba el tazón de alimento sintético. Su mente vagaba en el recuerdo de su esposa y el chiquito, que lo estarían esperando quién sabe dónde. Él no iba a poder ir a las escuelas de adiestramiento, no tendría ni siquiera su pobre instrucción. Para qué. Como el muchacho ése que había ido hoy a buscar trabajo. Ingeniero era. Y pedía aunque sea como peón. Ingeniero o Maestro Mayor de Obras; no importaba.

Encendió el sahumerio y se echó en la cama. Por los mil intersticios de las paredes del cubículo entraban latigazos de aire frío que golpeaban la cintura desnuda de CI8541493. Su cuerpo temblaba dolorosamente y la mente se embotaba en los recuerdos. ¿Estaría el chiquito pasando este frío también? No, seguro que no, la mamá lo abrigaría, aunque sea con su cuerpo. Y estos pies que duelen, y la pucha, tan lejos, tan lejos. ¿Para qué se habría venido? Para pasar esta miseria se hubiera quedado allá, y por lo menos estarían juntos. Hacía un año ya... más, año y medio. Si lo único que quería él era trabajar, y no lo dejaban. No había. Antes había trabajo, pero ahora no. Y cuánto que no veía al hijito. Y ese pobre pibe en la obra, tratando de conchabarse como peón. Ingeniero. O maestro... que nunca le pase al hijito, que le pase a él pero al hijito no. ¿Quién tiene la culpa? ¿A quién hay que culpar?

–Y estos milicos hijos de puta... – murmuró como desafiante, como si alguien pudiera oírlo. Y la esposa. Y el chiquito, el chiquito.

CI8541493 murió esa noche. De frío o de hambre, o de ambas cosas. De frío pudo ser. El invierno de 1982 había sido particularmente crudo en Buenos Aires.

Rafael

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