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PENSANDO EN VOS Y SUPERÁNDOSE A SI MISMA

Reyezuelo

Relatar el miedo ¿quién puede hacerlo? ¿Quién puede describir el entumecimiento en los hombros, la angustia que inunda y se derrama de los ojos entornados, el temblor en las rodillas arqueadas, la vasta autocompasión que te impide pensar y te inmoviliza, la espalda encorvada y los brazos que cuelgan despojados de toda voluntad en espera del golpe, ese golpe final que sabés fatal y sin embargo dilata el tiempo hasta transmutarse en pura noción de sufrimiento físico, la boca que se abre y se llena de saliva en un instante eterno, y el hormigueo que recorre la espina y el dorso de los brazos y la nuca como una corriente fría que te atraviesa como un acero, y al mismo tiempo dar al menos una idea del significado de la palabra, todas esas impresiones juntas, y además, el inenarrable tormento moral, recóndito, profundo, la absoluta e inexorable certeza del fin?

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Durante los primeros años de los noventa, la Administración Federal de Ingresos Públicos, entonces conocida como la Dirección General Impositiva, o más familiarmente la DGI, lanzó a la oferta pública, como lo hace mas o menos periódicamente, una nueva moratoria, esta vez para los enrolados entre los Trabajadores Autónomos.

Este género de jubileos, además de reabrir el eterno debate entre los que pagan y los que no pagan, ofrece al Contador diplomado una excelente oportunidad de ganar honradamente algún dinero extra que a veces, según la complejidad del trámite a realizar, la calidad de la oferta realizada (esto es, cuánto me descuentan por acogerme al servicio), y la capacidad económica de los contribuyentes a la sazón, puede representar una masa de dinero importante, un auto nuevo o unas buenas vacaciones.

En esta ocasión en particular se dieron todas estas coincidencias en un grado superlativo. Yo calculé rápidamente que, poniendo promotores en la calle y cobrando un honorario de doscientos pesos, podía ofrecer al vendedor una comisión de cien pesos y ganarme otros cien por cada trámite, lo que representaba una buena cantidad de dinero si los chicos trabajaban bien.

Por aquel entonces yo dictaba Economía en una famosa Universidad. Eran tiempos difíciles para los que buscaban empleo, por lo que fue muy bien recibida en mi cátedra la noticia de que mi estudio contable contrataría promotores entre los alumnos que se anoten. Se presentaron veintiséis. Tras una breve capacitación sobre las características del producto y sobre técnicas de venta, comenzaron a trabajar, con suerte varia.

Excepto el caso de una chica que definitivamente no pudo arrancar, puedo decir que todos hicieron un muy buen negocio, especialmente en los casos de Martita, Luciana e Isidro, que trabajaron tan bien y vendieron tanto que, una vez vencido el plazo de la moratoria, no dudé en contratarlos para que siguieran trabajando conmigo en el estudio. La tranquilidad de tener un trabajo fijo en tiempos de desempleo, y además con un buen sueldo porque nunca fui amarrete con mis empleados, sumado a la pequeña fortuna que les hice ganar con las ventas, me hizo merecedor de su eterna devoción y gratitud, que se vió reflejada en sus notas de Economía a fin de año.

Tanto fue así que Isidro, que en realidad se llamaba Isidoro, Isidoro Cardozo, cosa que yo, como su empleador y docente, no podía ignorar, pero que se hacía llamar Isidro tal vez porque suponía que la homonimia con un santo tan prestigioso que gozaba hasta de hipódromo propio lo reputaba, al comenzar el año, me invitó a pasar unos días en la estancia de sus padres en Santa Fe.

Yo había planeado concienzudamente un exquisito mes de febrero en la costa opuesta del Río de la Plata, con una compañía femenina que no me es lícito nombrar aquí. No necesitaba ni deseaba más vacaciones que éstas. Además, la idea de pasar una semana con Isidro y su familia, a pesar de que Isidro es un buen muchacho, me parecía ligeramente escalofriante. Incluso la idea de recorrer cierto número de kilómetros en el auto nuevo de Isidro con él al volante me aterraba. Por eso todavía no puedo comprender por qué, el lunes cuatro de enero, yo estaba viendo salir el sol en la ruta a Santa Fe, mientras me despeinaba el aire fresco del amanecer que entraba por la ventanilla.

          En los viajes largos se conoce a la gente. Antes de llegar a Escobar ya tuve que hacer uso de mi autoridad para refutar una teoría loca sobre la Revolución de Mayo que este chico había leído quién sabe dónde y que me ofendía como argentino. El resto del viaje fue peor, porque se veía que Isidro era de esas personas que se aterrorizan ante el sano silencio y por lo tanto hablan sin parar, de ovnis, de política internacional, de música, de aparecidos y de best sellers, todo junto y sin solución de continuidad como si se tratase de una misma y única masa de palabrerío insulso y sin sentido. En esos casos, yo aprendí hace mucho tiempo que lo mejor es no contradecir, sonreír ligeramente y tratar en lo posible de cambiar de tema en lugar de enojarse, porque el circuito del disgusto se realimenta a sí mismo y uno puede fácilmente llegar a las manos en esos casos si se sulfura, y al fin y al cabo el único perjudicado es uno por una estupidez.

 Hacia las diez de la mañana paramos en un almacén al costado de la ruta. El bar era alto, fresco y con piso y techo de ladrillos. El patrón asomaba detrás del mostrador, con su boina negra y su pañuelito al cuello. Cuando vino a servirnos, observé que vestía bombachas de gabardina y alpargatas. Nos atendió como si nos conociera de toda la vida, y pude ver en él y en los pocos parroquianos que conversaban en la otra mesa vino de por medio, esa cordialidad y esa hospitalidad de la gente de campo, tan diferente de los predadores de la Capital. Pude respirar el campo y me sentí feliz.

Al mismo tiempo, al reconocer a Isidro en sus paisanos, me reconcilié con él. Mientras desayunábamos conjeturé que toda esa conversación vacía del pibe no era más que un intento de su parte por parecerse a los citadinos, cosa vana si se quiere porque lo mejor quiere equipararse a lo peor, pero así debe ser la naturaleza humana, uno añora lo que no tiene, o tal vez fuera un mecanismo de adaptación o de defensa frente al medio en el que le toca estudiar y trabajar y por ahí en el futuro afincarse definitivamente.

El resto del viaje fue mucho más ameno, porque la conversación derivó rápidamente hacia los recuerdos de la infancia y de la parentela de Isidro. Parece que la estancia “Las Coloradas” era propiedad de la familia desde muchas generaciones atrás, por vía materna. En ella vivían actualmente sus padres y un hermano mayor casado, con un bebé, junto con una tía y “el agüelo” que estaba postrado desde hacía unos meses. Me contó que repentinamente había sufrido de una hemiplejía que había paralizado todo su cuerpo. Corregí mentalmente: cuadriplejía, con mi acostumbrada afectación que afortunadamente no llegó a la voz. Aparentemente la ascendencia de la madre se habia radicado en ese sitio desde hacía mucho tiempo, seguramente más de un siglo, tal vez más. En todo caso, Isidro no lo sabía, y no tenía idea de quién lo podría saber. El apellido original se había perdido.

Dejamos la ruta, y avanzamos durante más de una hora por un camino de tierra reseca y polvorienta. Ya había pasado el mediodía cuando cruzamos la tranquera de Las Coloradas. A lo lejos, a unos seiscientos metros, se veía el amplio edificio que conformaba el casco de la estancia. Yo había visto muchas casonas coloniales como ésta, con tejas españolas enmarcadas por torretas o atalayas almenadas, que probablemente tuvieran una función de vigilancia en tiempos más agrestes. El amplio portón central, de soberbia madera maciza muy labrada, se encontraba inmediatamente detrás de un atrio techado, con balaustradas, al que se accedía tras cuatro escalones. Las paredes estaban pintadas de un rosa desvaído que en mejores tiempos había sido punzó.

Mucho antes de llegar, se abrió el portalón y por él apareció el padre de Isidro, don Atanasio, de chambergo y chaleco. Bajamos del auto, y con la vibración todavía en las piernas y en los oídos, Isidro me presentó a este hombre singular.

Era pequeño, oscuro y brillante como de ébano bruñido. Pude pensar de él que el tiempo lo había reducido y pulido como el agua a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia, y me amistó con él que se dajara describir por esa magnífica frase. El parecido con Isidro era notorio. El hombre me saludó con la circunspección de un verdadero gaucho, llamándome “dotor” y agradeciéndome la generosidad que había tenido para con su hijo.

Sin darme tiempo a contestar, aparecieron a los gritos y abrazos detrás de él dos mujeres disímiles: la madre, doña Salustia, y la tía Azucena. Ambas eran muy altas y con el pelo rabiosamente rojo, pero Azucena era delgada como la Parca, mientras que Salustia parecía más bien un hipopótamo obeso, en su vestido floreado de gorda, con su nariz respingada que no la favorecía, dándole el aspecto más porcino que yo había podido observar desde la Piggy de los Muppets.

Todavía con el hijo entre sus brazos rechonchos, tal vez en respuesta a un gesto de don Atanasio que no pude notar, doña Salustia me agradeció todo lo que había hecho por Isidorito, a lo que yo respondía con los consabidos “no es nada”, “él se lo ganó”, esas cosas, cuando apareció como una ráfaga la Rosaura, la cuñada, se le tiró a Isidro al cuello en un abrazo, y otra vez empezaron los gritos de las tres mujeres.

Don Atanasio dijo lacónicamente “vamos adentro”, y este ensalmo bastó para que se interrumpiera en seco toda efusión, y el grupo, incluyéndome, obedeciera ciegamente la orden. Recién en el interior de la casa Isidro me presentó a la cuñada.

La Rosaura era baja, achinada y oscura. Llevaba las crenchas atadas en un pompón en la nuca. El parto reciente le había dejado algunos kilos de más. Pero tenía como una pirotecnia en los ojos negros y en su sonrisa perenne, y tanta gracia en los gestos y en sus ocurrencias, que el adjetivo donosa acudió a mi memoria como dotado de voluntad propia.

El interior de la casona, espacioso y fresco, contrastaba con el infierno de la intemperie. Pasamos al comedor, en donde el padre ya se sentaba a la cabecera de una inmensa mesa ovalada, rodeada de doce sillas de alto respaldo de madera labrada y tapizadas en cuero. Isidro y yo nos sentamos a la mesa mientras las mujeres revolotaban con platos, cubiertos, y otras cosas, mientras nosotros charlábamos, en un ejemplo de jerarquía de género al que yo no estaba acostumbrado –y me encantaba.

Uno no podía evitar imaginarse al hombre diminuto escalando el cuerpo de la mujer enorme para engendrar los hijos que indudablemente vinieron, y la imagen aludía a ciertas parejas de arañas, pero en este caso la hembra no devoró al macho después del coito, en este caso el macho sobrevivió para reinar en el feudo adquirido por dote como amo y señor indiscutido, y había algo grotesco en ese hombre ínfimo gobernando con mano de hierro a esas señoras colosales en su propia heredad.

En ese momento llegó Tadeo, el hijo mayor, e Isidro se levantó de la mesa para abrazarlo efusivamente diciendo “¡hermanito!”, ante el visible disgusto de don Atanasio porque se cometiera tal descortesía en su mesa.

Pronto estuvo todo dispuesto para la comida, principalmente carne, huevos y ensalada, regada por un excelente vino borgoña que intuí destapado para la ocasión.

Contrariamente a lo que yo esperaba, porque supuse que don Atanasio impondría un orden monacal, el almuerzo transcurrió alegremente, con Isidro contándoles anécdotas de la facultad, con risotadas y en un festivo desorden del que incluso don Atanasio participaba. Presumí que, lejos de todas mis predicciones, la semana se me haría muy corta.

Después de tan agradable sobremesa, pasamos a los dormitorios, en la planta alta, para hacer la ineludible siesta provinciana. El dormitorio que me asignaron era elevado y espacioso, con piso de madera entarugada y ventanas con cerrada celosía. Las paredes estaban pintadas de un verde agua que se notaba descascarado por la humedad en un ángulo del techo. El mobiliario consistía de una cama ¡de dos plazas!, con dos mesas de luz y un gran ropero de caoba con la amplia cómoda haciendo juego. Sobre esta cómoda, la luna de un espejo me devolvió mi imagen. En una pared, un cuadro con un paisaje incluía la frase

Vedi Napoli e poi mori

que no se puede leer sin repetir. Dos sillas tapizadas de raso verde y una mesita con una jarra de agua y un par de vasos completaba el moblaje.

A pesar del cansancio, o quizás a causa de él, me costó conciliar el sueño. Pasé un rato largo tratando de recordar un antecedente de la palabra “donosa”, que no suelo usar, y sólo pude recuperar un verso de una canción, seguramente folklórica, probablemente una zamba, tal vez interpretada por Mercedes Sosa, que decía:

“...de la donosa de la ciudad...”

Nunca más volví a escuchar esa canción, así que puede no haber existido nunca fuera de mi imaginación.

Me di cuenta que había dos miembros de la familia que aún no había conocido: el sobrinito y el “agüelo”, las dos puntas de la familia. El más viejo y el más joven no se sentaron a la mesa. Ya habría tiempo.

El carrillón de abajo sonó solemnemente varias veces, no sé cuántas, pero sé que me dormí antes de que dejara de sonar.

Soñé que era Sir Launcelot, y Rosaura, Lady Winnever, a la que yo protegía. Ella se puso a mi espalda, mientras yo entraba en una caverna perfectamente cilíndrica y con paredes lisas, como una cañería. Muy lejos, en el fondo, veíase un pequeño disco amarillo que marcaba la luz al final del túnel. Mientras iba penetrando en la oscuridad, descubrí que el disco amarillo era el ojo felino de un dragón, que me miraba fijamente pronto a devorarme. En ese momento, el dragón empezó a maullar y maullar, y el maullido sonaba tan distinto que tuve que darme cuenta de que estaba soñando, y entonces me desperté.

Sin abrir los ojos, seguí escuchando, lejano, ese sonido que emiten los gatos cuando están por hacer el amor o matarse. Tardé un rato en reconocer en el maullido el llanto de un bebé. Muy a mi pesar, porque quería seguir durmiendo, entorné lentamente los ojos, y me asustó ver mi habitación tan iluminada de rojo que por un momento pensé que la casa se incendiaba.

Me levanté y abrí las celosías. Mi ventana, opuesta al frente de la casa, daba exactamente hacia el oeste, y se veía un sol enorme y rojo a punto de hundirse en el horizonte.

Por un extraño efecto de refracción, se veía por encima del sol un arco, como un arco iris pero sin colores, y el espacio contenido entre éste y el horizonte era mucho más luminoso y claro que el resto del cielo, que era de una tonalidad púrpura. Innumerables rayos lo irisaban, y el conjunto asemejaba un ojo único y colosal que me miraba fijamente. Una vez hecha la asociación, era imposible no notarla, y creo que hasta se veía en el centro mismo del disco solar una pequeña mancha negra como una pupila. Seguí observando fascinado el fenómeno hasta que se deshizo al desaparecer el sol. En ese momento, un gallo sin cresta y sin cola cantó como anunciando el ocaso, y pude verlo mientras lo hacía.

Todavía soñoliento, bajé las escaleras, y buscando la luz llegué a la cocina, donde estaban las mujeres. Rosaura le estaba dando un pecho amplio y blanco al bebé, que lloraba a gritos.

– Está con cólicos, pobrecito  –se disculpó.

– Le estarán por salir los dientes, ya es tiempo –dijo la suegra, que estaba acodada a la mesa y se tomaba la cabeza con ambas manos. La tía se afanaba en la mesada bajo la luz del farol de kerosén.

– Tiene que comer, pobrecito, está muy flaquito –agregó, y esas palabras perturbaban viniendo de ella.

– Voy afuera, que está mas fresco  –apunté, buscando una excusa para salir de esa cocina.

Orientándome como pude en la oscuridad, entre muebles antiguos y pesadas sillas, finalmente salí al porche de la casa, en donde se encontraban, en sendas reposeras, don Atanasio, Tadeo e Isidro. A la izquierda, en un ancho sillón de paja con almohadones, cubierto con un poncho de lana, el tullido don Romero –así, por el apellido, me lo presentaron–, el “agüelo”.

Como no tenía donde sentarme, me acerqué a la balaustrada, gozando del aire fresco de la noche, y no pude menos que maravillarme al ver el cielo densamente poblado de estrellas, como nunca se ve en Buenos Aires. Después de hacer un comentario al respecto, inocentemente le dije a Isidro:

– Mirá, Isidro, ¿ves esas nubes?

– No son nubes, profe –me contestó riendo–, son galaxias. Son las Nubes de Magallanes.

Y siguieron, él y Tadeo, nombrándome uno a uno los objetos que se veían en el cielo. Al parecer, ambos eran sumamente aficionados a la astronomía, y tenían un conocimiento del cielo mucho más profundo que el mío.

Invocaron constelaciones, y me nombraron sus principales estrellas. Me indicaron a Marte, que aparentemente era el único planeta que en ese momento se veía en el cielo.

– ¿Ve, profe, ese que está haciendo un triángulo con Sirio y con Regulus? Ese es Marte.

– ¿Cuál es Regulus?

– Justo abajo de Sirio, apenas sobre el horizonte.

– Tas loco, ese no es Regulus –dijo Tadeo.

– Que sabé vos, gil. Ese es Regulus. Vas a ver dentro de un rato viene Leo.

– No es Regulus.

Y así continuó por un rato la disputa “Es Regulus” “No es Regulus”, hasta que don Atanasio la cortó de cuajo diciendo:

– Mañana con luz se van al sótano y se traen el telescopio y las cartas celestes, así le pueden mostrar al dotor.

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Después de cenar, aparecieron mágicamente los naipes y los porotos, y fue inapelable la invitación a una partida de truco. Los reyes dictaminaron que hiciera pareja con don Atanasio, que resultó ser sumamente quisquilloso en cuanto a la posibilidad de perder, por lo cual la partida se convirtió rápidamente en una cuestión de honor.

En un momento del primer chico, estábamos empatados en veintiséis –once buenas–, y tuve en mis manos los dos ases mayores. Perdí adrede la primera mano, con lo cual me gané la mirada furibunda del viejo, y Tadeo me gritó:

– ¡Truco!

– ¡Quiero Retruco!

– ¡Quiero Vale Cuatro! –y ya estaba tirando los triunfos sobre la mesa, cuando un grito espantado de Rosaura nos hizo salir corriendo a los cuatro escaleras arriba para los dormitorios.

Tadeo, que llevaba una vela, entró solo al dormitorio en el que Rosaura, en ese momento, gritaba “¡Un bicho, un bicho!”. Mientras nosotros esperábamos en el pasillo, se nos sumaron las dos señoras. Reservadamente, don Atanasio me tomó del codo y me dijo:

– Bien jugado, muchacho.

Un nuevo grito de la cuñada, y todos entramos en el dormitorio.

Rosaura estaba sentada en la cama, con el bebé en brazos, y señalaba a Tadeo, que se encontraba tendido en el piso, aferrando el cabo de vela. Cuando fuimos a socorrerlo, descubrimos que no podía hablar ni moverse. Al parecer había sufrido una cuadriplejía, al igual que el abuelo, por lo que se encontraba totalmente paralizado. Lo dejamos en la cama, y todos fuimos a la cocina, en donde pudimos escuchar de labios de Rosaura la sucinta narración de lo que había ocurrido.

Según dijo, se encontraba dando de mamar al nene, sentada en la cama en la oscuridad de su cuarto cuando, al cambiarlo de pecho, sintió un tirón en el pezón que no se correspondía con la boca del bebé. Al tocarse, pudo sentir como una sanguijuela enorme prendida de la teta. Esa alimaña había estado tomándole la leche, escondida en la boca del bebé. Fue entonces que gritó por primera vez, y, arrancándose el animal con la mano, lo revoleó por el piso.

Cuando Tadeo entró en el dormitorio, Rosaura le gritó “¡Un bicho!”, y Tadeo se puso a buscarlo por el piso, abajo de la cama. De golpe, con una exhalación, quedó inmediatamente paralizado como lo vimos nosotros al entrar.

– Isidoro, ensillá el caballo y andáte a buscar a don Dante –fue el rápido dictamen de don Atanasio, que siguió: –Vamos a bajar a Tadeo y vos, Salustia, sacá afuera a tu padre.

Cargué a Tadeo en mis brazos, y lo llevé al porche de la casa, donde lo acomodé en una de las reposeras. La familia en pleno, con excepción de Isidro que ya galopaba bajo la luna, se acomodó a nuestro alrededor, en silencio. Por toda respuesta, don Atanasio nos dijo:

– Ya va a venir don Dante y vamo’j a ver que hacemos.

Un viento recio del oeste que había comenzado bruscamente, del que nos protegía la casa y que levantaba cantidades de tierra y pajas en cada una de sus fuertes rachas había cubierto el cielo de trabados nubarrones, cuando los dos jinetes al trote surgieron del tenebroso sendero y se apearon a pocos pasos del portón.

Acompañaba a Isidro un hombre bajo y macizo, don Dante, que dio a entender que ya sabía todo lo que había pasado, y que tenía muy claro el debido diagnóstico.

– Se les ha metido un fasilisco en la casa, o un culebrón que le dicen. Es un bicho mitad gallo y mitad víbura. Este animal ha nacido de un huevo puesto por un gallo colorado de siete años; en cuanto el gallo pone el huevo, que es chiquito y de cáscara blanda, viene un sapo y lo empolla, y a las horas nomás nace un gusano colorado que se esconde en un rincón de la casa y empieza a chupar la flema de los que ahí viven. Este bicho se ha de haber estado alimentando de la leche de la Rosaura todos estos meses, por eso no están todavía con la tos ustedes. Cuando crece, al culebrón le sale una cresta y un sólo ojo colorado, y el ojo es venenoso: al que mira lo mata. Se ve que es pichón todavía, por eso a don Romero no lo mató sino que lo dejó inválido, igual que al Tadeo hoy a la noche. Yo, don Cardozo, le voy a decir la verdad: yo no puedo matar a un fasilisco. No me da el cuero. Lo más que puedo hacer es ponerle un payé para que el bicho no salga más de la casa. Eso puedo. Pero hasta que el fasilisco no se muera no se puede curar a los tullidos. Esto es así. Yo no puedo... pero sé quien puede...

– ¿Quién, don Dante? Hable...

– Y, don Cardozo, la verdá es que la única que conozco que sabe matar un fasilisco es la vieja Graya...

– ¡La puta que lo parió...!

Las últimas palabras se dijeron en una oscuridad absoluta, pues los nubarrones habían cegado por completo la luz de la luna que a rachas se filtraba. De pronto, sentí que unos brazos me rodeaban la cintura: era Rosaura, que lloraba acongojada sobre mi pecho. Le acaricié la cabeza, y no atiné más que a decirle:

– Quedáte tranquila, vas a ver que todo se va a arreglar...

– ¿Me lo jurás?

– Si, quedáte tranquila, te lo juro.

Me respondió apretándome más fuerte, hasta que súbitamente se separó de mí, apremiada por el bebé que se despertaba en su cochecito. Las nubes se abrieron, y pude ver a Isidro pidiéndome que me acercara, que el padre me tenía que pedir un favor.

Según lo que me dijeron, y que apenas comprendí, había una sola persona que podía aportar una solución: una tal Graya, una vieja que vivía en el medio del monte. Esta Graya, una curandera del lugar, estaba distanciada de los Cardozo desde hacía muchos años, por cuestiones que no me explicaron, o que me explicaron y no entendí. Por supuesto que don Dante, por razones profesionales, tampoco podía ir personalmente a hablar con la vieja, con lo cual sólo quedaba yo para mediar de embajador, y conseguir los oficios de la bruja.

Era una decisión desatinada e irracional, lo único adecuado era buscar un médico, pero ¿quién sabe lo complicado que podía resultar encontrar un médico a esa hora y por esos parajes? Por otra parte, yo me encontraba en una de esas situaciones que excluyen toda posibilidad de rehusarse, sobre todo después de lo que le acababa de jurar a Rosaura. Más por la pereza de negarme que por otra cosa, les pedí que me indiquen el camino, que iba a hacer todo lo posible.

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A través de la pradera, iluminados por una luna desaforada, íbamos al paso los tres jinetes, don Atanasio, don Dante, y yo mismo en el caballo que me confiaron, y el grito de las grillos o los sapos (para el que no sabe todo es igual) silenciaban el frufru de las patas que despeinaban los pastos negros. El viento que había borrado las luciérnagas arrancaba aullidos aterradores de los árboles, revelando el monte cada vez mas cercano.

Exaltado por la idea de marchar caballero a cumplir con mi singular encargo, me decepcionó ver a mis camaradas apearse al borde de la pradera, cuando estábamos a punto de entrar en el monte.

La llanura cesaba abruptamente a la orilla del bosque como una calle termina contra un paredón. Don Atanasio me alargó una linterna, y don Dante me mostró un senderito al que llamó “la picada”, indicándome que me llevaría directamente a la casa de la bruja. Sin una palabra y con cierta aprensión me interné entre los árboles.

A pesar de la luna llena, el interior del bosque se encontraba en la más categórica oscuridad, sólo interrumpida por el redondel amarillo de la linterna que me precedía. Un hervidero de pequeñas aves nocturnas insistía en zambullirse a centímetros de mi rostro. Tuve que andar un buen trecho hasta descubrir que las “aves” eran en realidad murciélagos que andarían cazando su comida, y que por alguna razón no acertaban a evitarme.

El sendero, a pesar de ser sinuoso, se discernía claramente en el piso del monte, por la ausencia de yuyos. No obstante, al cabo de unos pocos minutos me ganó la sensación de estar perdido, alejado de toda protección, y la singular compañía de los murciélagos me infundió un miedo creciente; pero no la aprensión natural a las bestias o alimañas que pudieran acecharme, que hasta cierto punto podría estar justificada, sino un temor más supersticioso que no alcanzaba a definirse objetivamente pero que de todos modos me intimidaba cada vez más.

A los que por una u otra razón nos ha tocado pasar una parte importante de nuestras vidas en los claustros de una universidad, tal vez porque la formación académica así lo requiere, o tal vez por el progresivo hábito de aplicar a ultranza el método científico, se nos va formando un cierto escepticismo agnóstico, no demasiado consciente, casi nunca cuestionado, que resulta completamente razonable y sensato entre una moquette y unos tubos fluorescentes; pero que carece completamente de sentido en la soledad del bosque elemental. Allí, lo misterioso, lo irracional, hasta lo sobrenatural, se nos antoja mucho más verosímil que cualquier hecho objetivo. Allí la reminiscencia primitiva, la memoria instintiva del primate va convirtiéndose gradualmente en puro miedo animal que va ganando paulatinamente el espacio de la razón, y sin notarlo, uno se descubre erizándose ante un sonido o adivinando formas en la oscuridad.

En ese estado de ánimo, cuando había caminado lo suficiente por el sepenteado camino como para perder completamente la orientación, la luz de la linterna comenzó a opacarse. Bastó un golpe con la palma de la mano para que recuperara su fulgor, pero a los pocos pasos se volvió a apagar. Presa de pavor apuré el paso, a la luz ocasional, hasta que, en un momento de oscuridad absoluta, tuve la sensación de que me sujetaban los pies con un lazo y, sin transición, sentí un golpe en el pecho y los hombros, y pude notar que había cambiado súbitamente a la posición horizontal.

Por un momento me quedé confundido, tendido boca abajo en el piso, sin entender lo que me acababa de ocurrir, pero con asombro me di cuenta que, exactamente como el protagonista de “El Pozo y el Péndulo”, mi cabeza colgaba en el vacío, unos centímetros por debajo de mi cuello y de mi pecho. Inmediatamente, sin duda a causa de esta similitud con la ficción, conjeturé que, al igual que el personaje del cuento, había tenido la suerte de caer exactamente al borde de un abismo, y que mi huésped me había enviado adrede a una muerte segura de la que me había salvado de manera providencial.

La linterna estaba apagada, pero una leve fosforescencia, tal vez la luna filtrándose entre el follaje, permitió a mis ojos que se acostumbraban paulatinamente a la oscuridad percibir la visión sobrenatural, tan esperada como temida, de un ojo que me escrutaba a escasos centímetros de mi rostro, flotando en el vacío del foso.

Empavorecido, retrocedí arrastrándome por la tierra. Casualmente mis manos dieron con la linterna, y con un golpe la puse a funcionar. Pero, al iluminar el sendero delante de mí, no pude ver nada inusual, ni un precipicio, ni mucho menos un ojo flotando en el aire. Sólo el camino que continuaba, zigzagueante, entre los árboles.

Lo primero que advertí fue que mis pies se habían enredado en unas raíces superficiales, las mismas que se podían encontrar por todos lados y que yo había estado evitando hasta ahora, pero en las que había caído a causa de la oscuridad y del apuro.

Un poco más adelante, lo que yo había tomado por un abismo no era más que un breve desnivel, menos que un escalón, en el irregular suelo del bosque. Al acercarme a él, descubrí en el piso una pequeña esfera del tamaño de una pelota de golf. Al levantarla y examinarla a la luz de la linterna, descubrí que era de vidrio, y que tenía pintado con mucho realismo un iris celeste con todos sus detalles, hasta la insinuación de unas pequeñas venas rojas. Se trataba de un ojo de vidrio, algo que yo nunca había visto ni tenido en mis manos. Lo limpié con la manga de mi camisa, y me lo guardé en el bolsillo.

Después de esta inusual experiencia pude recuperar hasta cierto punto mi aplomo, pero no dejó de intrigarme la curiosa serie de coincidencias que había tenido lugar. Más seguro de mí mismo, seguí caminando por el sendero, y después de un recodo pude ver, al final de un tramo recto de unos treinta o cuarenta metros, la pradera alumbrada por la luna.

Apagué la linterna, y recorrí los últimos pasos en la oscuridad. Al cabo, salí a un claro circular de unos cien metros de diámetro, en cuyo centro exacto se destacaba un rancho rectangular con techo de pajas recostado en un árbol único, furiosamente luminado por la luna llena, pero con sus ventanas completamente a oscuras.

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Estaba rodeando el rancho, buscando la puerta de entrada, cuando un par de mastines se me vinieron encima ladrando furiosamente, como para devorarme. Instintivamente, los enfoqué con el haz de la linterna, y con eso pude al menos mantenerlos a raya.

Siguieron chumbándome por un buen rato, mientras yo trataba de calmarlos, hasta que al fin, tal vez cansados de jugar conmigo, se quedaron de lo más tranquilos a mi lado y hasta se dejaron tocar. Pero con el escándalo que hicieron lograron despertar a la vieja, porque una voz como de cigarra se escuchó desde adentro del rancho:

– ¿Quién es?

– Disculpe que la moleste a esta hora, doña Graya, pero es que ando con un problema muy grave y muy urgente y necesito pedirle que me ayude.

La puerta del rancho tenía una ventanita enrejada que se abrió, y a la luz de una vela apareció la cara de una vieja que podía tener cien años, con el pelo blanco peinado al medio, y con un parche negro en el ojo derecho.

– Pero ¿quién sos, m´hijo? ¿Quién te manda?

– Vengo de parte de don Atanasio, de Las Coloradas. Don Romero está lisiado...

Ese viejo malnacido se lo tiene merecido.

En la mitad de la noche, en un rancho en el medio del monte alejado de todo lo que conozco, una vieja tuerta me hablaba en octasílabos.

– Espere, doña Graya, no me cierre que tengo algo que debe ser suyo. –y levanté en mi mano, bajo la luz de la luna, el ojo de vidrio que había encontrado en el monte.

– Amalaya, m´hijo, pero vení, pasá. –Me abrió enseguida la puerta. – Al final, vos me venís a pedir y la que te debo soy yo. ¿Dónde lo encontraste?

– En la picada, recién, cuando venía para acá.

Me hizo sentar a una mesa mientras con manos ávidas aferraba la esfera. Se dio vuelta y se acercó, encorvada y renqueando a una pileta de lavadero que continuaba una mesada de mármol, debajo de una ventana. Abrió una canilla, lavó prolijamente el ojo de vidrio y echó atrás la cabeza para colocárselo en la órbita. En ese momento, una ráfaga que hizo flotar los cabellos blancos que –lo noté entonces– le llegaban sueltos hasta la cintura, apagó la vela que había quedado sobre la mesa, y sólo pude ver la silueta de la vieja recortada sobre la ventana del fondo. Tal vez por la acción de echar la cabeza hacia atrás, me pareció más alta, más erguida, y al darse vuelta lentamente creí ver que su perfil tenía un aire más lozano. La vela volvió a encenderse espontáneamente iluminando la habitación y la ilusión se desvaneció.

Después que le hube hecho la relación de lo que había acontecido en la casa de los Cardozo, la vieja me empezó a contar, mientras me cebaba unos mates, más o menos lo mismo que nos había dicho don Dante, en la puerta de la casa, sólo que decía basilisco en lugar de fasilisco.

Pero el relato empezó a interesarme cuando me empezó a hablar de la ascendencia de Isidro, de los anteriores señores de Las Coloradas. La historia se remontó hasta el primer inmigrante, un escocés llamado Murdo o McMurdo –indistintamente lo nombraba de una u otra forma–, que llegó a estas tierras a fines del siglo XVII.

– Preguntáles a esta gente como hicieron la plata, si es que lo saben.

Según la vieja, este Murdo era un aficionado a la alquimia. Poseedor de conocimientos que provenían de un libro de un tal Teófilo, entre otros que me refirió, con sus títulos en latín y sus autores medievales y que ya no recuerdo, se dedicó a criar estos seres grotescos en una cueva, que todavía existiría en las profundidades del casco de la estancia. Al parecer, el polvo de estos animales disecados, mezclados con sangre que él mismo proporcionó, resultaban en una sustancia capaz de convertir el cobre en oro.

Las hijas de este Murdo, que le dieron el apelativo a la estancia, continuaron la empresa familiar, usando la sangre de sus propios hijos –pues la receta exige que la sangre provenga de un hombre, y pelirrojo–, hasta que uno de ellos, debilitado al extremo por los periódicos ordeñes a los que su madre, en su ambición, lo sometía, murió tras una larga agonía. La culpa llevó a la mujer al suicidio y a su hermana a la agricultura, en los vastos campos que el oro mágicamente obtenido le había proporcionado.

Unas generaciones después, ya bien entrado el siglo XIX, uno de sus descendientes, un tal Martínez, redescubrió la receta familiar, pero por ignorancia o cobardía, quiso usar la sangre de los indios del lugar, lo que provocó la leyenda negra que rodea la estirpe. Muchos murieron a consecuencia de sus experimentos, pero a juzgar por los resultados, pues los Martínez se enriquecieron súbitamente, pudo hacer funcionar el conjuro con sangre indiana, o tal vez, resignado, usó su propia sangre –pues el pelo rojo es rasgo dominante de la familia–. Toda esa plata terminó desparramada en París en la década de 1920, en las orgías que protagonizaba el abuelo de Azucena y de Salustia.

– Yo te voy a dar lo que necesitás para matar al basilisco –me dijo–, pero me vas a tener que hacer un servicio a cambio: tenés que quemar los libros que te dije, y limpiar para siempre la cueva con agua bendita hirviendo.

Se fue al interior del rancho, y regresó con una serie de objetos peculiares, que me entregó con ceremonia, como en un ritual, explicándome el uso de cada uno.

El primero era un disco de unos cuarenta centímetros de diámetro, muy delgado pero firme, que de un lado era de madera y del otro de metal, tal vez de plata pulida, pues reflejaba como un espejo de cristal. Del lado de madera presentaba un asa de cuero, como la de un escudo, que se incrustaba perpendicularmente en la superficie sin que se note la forma en que estaba sujeta. Este espejo, según ella, reflejaba aún en la oscuridad, y me invitó a probarlo apagando la vela, y para mi asombro, pude ver el reflejo del cuarto con bastante claridad. Supuse que la superficie tan pulida multiplicaba la poca luz que entraba por la ventana como lo hacen los ojos de los gatos, o algún mecanismo parecido. Con este espejo se suponía que yo vería al basilisco sin que él me viera a mí.

– Esto es más viejo de lo que te podés imaginar –me dijo, mientras me entregaba un cuchillo o machete con la hoja curva como una media luna, pero al tocarlo noté que no era metálico sino de piedra pulida, y además el filo se encontraba del lado cóncavo, al revés de las cimitarras. Cuando quise tocar la arista con la yema del dedo, la vieja me gritó: – ¡No toqués el filo!

Del susto, el cuchillo se me resbaló de las manos, yendo a caer sobre un banquito al costado de la mesa. Cuando lo iluminé con la vela para buscarlo, encontré que el banco estaba seccionado con un solo tajo limpio que lo había cortado como si fuera de manteca.

– ¡Ay, m´hijo, si serás pelotudo!

– Tranquila, doña Graya, que el cuchillo no se rompió. –Me miró con una cara que parecía remarcar su comentario. Guardó el arma en una vaina de cuero labrado con arabescos. Este cuchillo serviría para cortar la cabeza del animal.

Me entregó también unas botas de piel de comadreja, para que el bicho no me mordiera, y una bolsita del mismo material “para poner los restos, sin tocarlos”.

Finalmente, me indicó que la acción debería ocurrir esa misma noche, cuando los nubarrones oculten la luna, porque el basilisco se estaba fortaleciendo, y muy pronto yo no sería capaz de enfrentarlo.

– Mañana me devolvés estas cosas –me dijo, echándome.

..............

Desandé raudo el sendero que ya me era familiar, y mucho antes de lo que esperaba salí a la llanura, en donde me esperaban don Atanasio y don Dante. Por toda explicación les dije:

– Vamos, que no hay tiempo que perder –y monté mi caballo que, feliz de volver a la querencia, arriesgó un trotecito que pronto se convirtió en galope, acuciado por mis talones y la rienda libre. Menos mal que él sabía para donde iba, porque pronto ganamos la delantera y nos distanciamos de los otros dos.

El lector podrá inferir de mi actitud que yo estaba imbuído de coraje, y presto a cumplir con mi misión. Esto no es cierto. Yo participaba de todo este asunto como se participa de un juego; no creía seriamente lo que me había acabado de decir la vieja, pero tampoco me detuve en ningún momento a preguntarme por qué tenía que seguirle la corriente.

En realidad no había necesidad de salir corriendo como lo hice; sólo me había apurado de esa forma porque de lo contrario hubiera tenido que detenerme a contarles a los dos viejos todo lo que había hablado con la Graya en el monte, y esto es algo que superaba mis fuerzas. Es cierto que me sentía como un paladín galopando con mis armas bajo la luna, pero en ningún momento creí que de verdad iba a enfrentarme con un monstruo mitológico en la casa. ¿Por qué les seguí el juego? Probablemente porque eso es lo que ellos esperaban de mí, y no quise cometer la descortesía de defraudarlos. O tal vez porque en el fondo me estaba divirtiendo al asumir el rol de caballero andante. O, con mas seguridad, porque enfrentar la inercia de todo lo que estaba ocurriendo esa noche y tomar algunas decisiones propias requería un esfuerzo de voluntad que yo no estaba en condiciones de producir.

Lo cierto es que, al cabo de unos pocos minutos, llegué al galope a la casa en donde me esperaban las mujeres, los tullidos e Isidro. El caballo, acostumbrado, se sofrenó justo frente a la puerta. Desmonté, tiré las riendas sobre un palo cruzado como les había visto hacer a los otros, y con aire de quien tiene todo controlado les dije que se quedaran afuera, que yo tenía que entrar solo en la casa.

Tuve que volver a salir, porque en la oscuridad no veía nada, y tenía que ponerme las botas de piel, y desenvainar ese cuchillo terrible que en un descuido me cortaba un dedo. Me calcé en el brazo izquierdo el espejo como si fuera un escudo, y, ahora con más dignidad, volví a entrar.

Aunque parezca mentira, en el reflejo se podía ver todo el interior de la casa con bastante claridad, a pesar de que reinaba una oscuridad total. Comencé recorriendo la planta baja, mirando bajo los muebles y en los rincones como quien busca una rata. No tenía ni idea de lo que tenía que hacer. Finalmente, cuando estuve más o menos satisfecho, me dirijí a las escaleras para ir a revisar los dormitorios. Cuando estaba a punto de subir, el espejo, mal sostenido, se me torció del brazo, y quedó enfocando un pasillo que iba a los fondos.

Nada me hubiera preparado para lo que vi en ese momento. Un animal extrañísimo, de unos veinte centímetros de alto, caminaba despreocupado sobre sus dos patas, como un pollo. Su cuerpo era como un cuerno de vaca con la punta para abajo, y en la extremidad más ancha, en lo que sería la cabeza, tenía como un volado o una cresta que lo envolvía. Aunque lo natural hubiera sido salir corriendo, me quedé estupefacto mirando a través del espejo cómo se alejaba. Este era el basilisco del que todos hablaban –¡Así que era cierto!.

Antes de que se me escapara, me puse a seguirlo, y tal vez hice algún ruido porque el bicho se volvió a mirar. Al hacerlo pude ver que, efectivamente, tenía un sólo ojo, pero muy grande, más grande que el ojo de vidrio que había encontrado en el monte, y lo movía horriblemente dentro de su órbita.

En ese momento sentí una oleada de miedo, o repugnancia. Aunque aún no creía que me pudiera dañar con la vista, no estaba dispuesto a acercarme tanto como para ponerme a su alcance, porque una alimaña como esa bien podría ser venenosa. Me quedé muy quieto, para que no me notara, y finalmente el animal, tras examinar durante un rato la oscuridad, prosiguió su interrumpido viaje hacia el fondo.

Recién entonces comencé a considerar la posibilidad de que las historias que me habían contado esa noche fueran ciertas. En ese momento sentí una náusea, y tomé conciencia de golpe de que, en la oscuridad de una casa desconocida, un monstruo sobrenatural me acechaba, y yo, que no estaba preparado para hacerlo, debía matarlo. –¡y tal vez los nubarrones, en cualquier momento, se abrieran, y la luz de la luna iluminara el interior de la casa!.  

Por unos segundos el pánico me tuvo absolutamente inmóvil, hasta que, con mucho cuidado, muy lentamente, moví el espejo para verlo. Sentí la sangre agolparse en mis mejillas, y latir fuertemente las sienes al comprobar que el endriago me estaba escrutando con su ojo único, a un metro escaso de mis pies.

El brazo derecho se levantó involuntariamente, y la hoz que llevaba en la mano saltó de mis flojos dedos por su propio impulso. En el mágico espejo pude ver, como la imagen de un sueño, cómo el monstruo era dividido en dos y las secciones rodaban por el suelo. Y así me quedé durante varios minutos, babeando con la boca abierta, mientras miraba el reflejo de la sangre de la bestia derramarse por el suelo.

Aún en trance, desprendí de mi cinturón la bolsita de piel que me había dado doña Graya, y sin tocarlos, como me había indicado, junté los pedazos y recogí lo que pude de la sangre.

Me senté en el piso, y respiré hondo varias veces, para no desmayarme. Cuando me sentí mejor, recogí con cautela esa hoz de pedernal y salí, tambaleándome, a la puerta.

..............

A la mañana siguiente, buscamos en el sótano de la casa la entrada a la presunta cueva –allí estaban, entre papeles y objetos de cuero y de metal, el magnífico telescopio y las cartas celestes–.  Cuando ya nos dábamos por vencidos, Isidro removió unos ladrillos de una pared y descubrió una bóveda que habia estado sellada durante años.

En su interior, sobre una mesa de mármol pulimentado, encontramos morteros, retortas y un gran crisol, junto con pilas de polvo verde que luego identificamos como óxido de cobre, pues todavía se conservaban algunos restos herrumbrados de láminas de este metal.

En un anaquel se deshacían algunos libros. El ejemplar del Schedula Diversarum Artium, del monje Teophilus, se lo llevé a doña Graya, con las cosas que me había prestado. A los demás los quemamos.

No pregunté de dónde sacaron tanta agua bendita, pero se hirvió en una olla militar, y se regó con ella las paredes y el piso. Una vez limpia, la bóveda fue satisfactoriamente habilitada por don Atanasio como cuarto de trabajo, que el tiempo se encargaría de atestar de trastos como al resto del sótano.

El abuelo y Tadeo se fueron recuperando espontáneamente. El jueves a la noche pudimos jugar un pica-pica, y con Rosaura y don Romero le ganamos al viejo, que no paraba de recriminar a los dos hijos.

Antes de volver a Buenos Aires, me volví al monte a despedirme de la vieja Graya. Tomamos mate y hablamos de cualquier cosa, pero yo sabía que la vieja era poseedora de una sabiduría que se negaba a compartir, y que en su retiro en la soledad del monte, abarcaba tal vez al Universo. Mientras volvía por la picada –que de punta a punta no tendría más de doscientos metros– me pregunté cómo sabría tanto del pasado de Las Coloradas. Rechacé la tentación de pensar que hubiera adquirido esa información de primera mano.

Cuando emprendimos con Isidro la vuelta a Buenos Aires me costó desprenderme de esa familia que tal vez no volvería a ver. En el viaje de vuelta hablamos poco, y de otra cosa. Y, en todos estos años en que somos compañeros de trabajo, no volvimos a tocar el tema.

Pero desde entonces, cuando las tinieblas del insomnio se pueblan de fantasmas, la mirada del ojo monstruoso del engendro explorándome como en esa noche mágica fuera del tiempo me acosa, y un escalofrío rutinario recorre mi espina. Y de vez en cuando las pesadillas vuelven a barajar los elementos y revivo la historia, siempre cambiante, siempre renovada.

Para el asombro, sigo adscribiendo a mi viejo escepticismo agnóstico. Y cuando, como nos suele ocurrir a todos de vez en cuando, en ciertas reuniones, alguien comenta un hecho fantástico o sobrenatural o meramente fuera de lo común, manifiesto esa tendencia, tan acendrada en los académicos, a descreer y a buscar una explicación natural de los hechos, y mi postura racionalista es proverbial –pero ya no sonrío al argumentar.


F I N


Rafael

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